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CUENTOS

El asesino envejecido

El asesino envejecido

   Creo que tiene miedo. Está sentado en su cama viendo la ventana. Ahí afuera todo está gris y húmedo, en el invierno devastador. Ha despertado de una pesadilla, las imágenes todavía recorren sus ojos.
   Fuma en soledad. Mira el humo y recuerda las chimeneas, los ademanes descompuestos, y la ceniza tranquilizadora y purificadora. Y recuerda cómo la ceniza, se empecinaba en quedarse ensuciando sus solapas y sus medallas. Están allí en su recuerdo, los inmensos soplidos hacia el cielo, negros de tanto olor a carne quemada.
   Tiene miedo. Miedo que todo haya estado mal. Pero teme más el hecho de que todo termine. Tiene miedo de que en cualquier momento abran su puerta y reclamen “Wilhem Sammer”... Pero no, sabe que no terminará. Sacude su cabeza cenicienta tranquilizándose, está a salvo aquí, en este lugar tan lejano y escéptico. “Sólo son mis sueños” se tranquiliza, “debería volver a analizarme” se dice y cree que todo vuelve a la normalidad.
   Quiere caminar y despejarse. Y sale a caminar por allí. Es casi de noche. En la húmeda y fría ciudad se encienden las luces nocturnas que van a ensuciar la tarde y luego la noche. Lo saludan unas señoras como si fuera una personalidad. Se sienta en una plaza solitaria y ventosa. Cualquiera al verlo podría pensar: “Un jubilado muerto de hambre”. O simplemente: “¡Qué viejo loco, con este frío!”. En las avenidas los coches pasan salteados. Cada tanto pasa uno.
   Ve a dos niñas corriendo por el frío desierto de la plaza. Juegan. Él se extraña que estén solas, pero no les da importancia. Ellas corren sacudiendo sus cabellos y sus vestidos, viven su pureza infantil. Hacen rondas y gritan. Van y vienen. Él sonríe pálidamente, para sus adentros y sin fijar su vista en nada, como recordando la manera de sonreír. Ellas paran de pronto. Se le acercan y le dicen llorando: ”¿Por qué?” dicen una y otra vez, entre gemidos y quejidos, acercándose lentamente, como acudiendo en su ayuda. Es allí, en ese momento, cuando él se da cuenta que tienen marcado un número en la frente, y que en vez de ojos tienen dos agujeros negros y hondos, y que sus bracitos y sus piernas son muy, muy finos sólo hueso y piel.

otra metamorfosis

otra metamorfosis

   Soñó que volaba alto, muy alto, posándose levemente en cada antena, en cada cornisa. Despertó asustado, con miedo de caer y voló hasta su nido.

El viejo y los angelitos

El viejo y los angelitos    Cada vez que los ángeles bajan a la ciudad van a la casa del viejo Gustav. Él siempre tiene para ellos fruta fresca, alguna flor, o una vela, a veces caramelos o dulces, y siempre tiene unos versos o alguna historia para contarles. Una vez allí, ellos van cerca de las ofrendas, casi llegan a tocarlas, por momentos parecen olerlas, pero nunca hacen nada. Gustav tira todo, recién cuando el pútrido olor de las cosas, inunda su humilde casa. Arroja todo en una hoguera que hace en su patio, y que luego apaga con agua de lluvia.

   El viejo Gustav arrastra sus pequeños pies hasta el límite de su puerta, desde donde los ve venir, luego les abre para dejar que ellos anden su libertad por su pobre morada. Al rato les habla con su voz liviana, y parece que su barba rala se pone de una blancura más anciana. Su repertorio es muy amplio, les cuenta de ciudades que se hunden, y que luego salen un solo día al año. También la historia del hombre, a quien falsamente le atribuyen una aventura cargada de épica y de valor sobrehumano, quien luego se oculta en su casa para que no vean su rostro falso. Les contó la historia del rey triste que piensa. Unos versos de uno de sus poemas decía:

...tu Nombre da esplendor a una carne

en el simple castigo de varas lejanas

o de músicas ardientes como mares

que bailan su tristeza en una alegre cama...


  También les repite la historia del hombre y la mujer que se visitan asiduamente pero que nunca logran nombrarse, ni conocerse.
   Ellos nunca le hablarán, ni lo escucharán jamás.
   Cuando Gustav habla, algunos se entretienen viendo sus huesudas manos sobre el bastón (que de a ratos tiembla), otros notan nuevos rasgos, nuevos detalles en su rostro, algún nuevo pelo de su nariz o de su áspera oreja, o quizás les sorprende el rostro, algún nuevo pelo de su nariz o de su áspera oreja, o quizás les sorprende el cigarrillo, que a veces fuma el anciano. En sus caras no hay sorpresa, ni gusto, ni alegría, ni emoción alguna. Sus rostros de cera brillante y lampiña no transmiten nada, son como dibujos de gordos serios, fofos, cachetones con el pelo revuelto.

   Se quedan en la casa hasta que el viejo termina de hablar, luego se van. Ellos parecen escuchar, pero no se puede asegurar que lo hagan. Sus rostros están detenidos o flotando. Al detenerse la narración salen raudamente. Desde la puerta del viejo Gustav, los ángeles salen a cumplir sus misiones. ¿En esos relatos o en su poesía se encuentran las misiones qué deben cumplir los ángeles?.

una metamorfosis

una metamorfosis

   B sentía atracción por A, quien siempre ignoró toda la simpatía que B le tenía. Esto quizás se debiera al desconocimiento de B con respecto al tema del amor, o quizás era consecuencia de la fealdad de su aspecto. Considerando estas posibilidades, B se propuso conquistar a C y a D. Lo que no le costó conseguir. Aunque D fue más difícil. Así B supo el arte de la seducción, y supo lo que era el amor. Con su piel y su rostro cambiados, B se acercó hacia A, procuró no molestar, y solo observó. Estuvo únicamente un momento, y vio que el cuerpo de A era de piedra.

El jabón del Dr. Menguele

El jabón del Dr. Menguele

    Un eminente médico del ejercito alemán del Tercer Reich, que trabajó en muchos campos de concentración, inventó un método que podría haber revolucionado las guerras, había descubierto una fórmula para la invisibilidad, esta fórmula se debía aplicar por medio de un jabón. La derrota despreció la investigación, y sin laboratorios  el método de invisibilidad quedó en su fase experimental, y no se pudo progresar para una buena aplicación del jabón. Muchos de los jerarcas nazis al escapar de la derrota en una Europa de frías ruinas, utilizaron aquél jabón (que se debía usar sin enjuagarlo del  cuerpo, si es que no querían aparecer). Y así desnudos, húmedos y enjabonados muchos (casi todos) murieron entre espasmos de neumonía sin que nadie lo notara,  sin poder socorrerlos.

Natividad o Felicidades

Natividad  o Felicidades

   Un viejo solitario mira televisión, es Navidad; está bebiendo solo y amargado viendo cómo en otros lugares suceden las fiestas. Ve la felicidad que nunca tendrá, y que pudo haber tenido. Destapa la séptima botella de sidra recordando sus hijos lejanamente bastardos, recuerda las horribles mujeres de su vida. En su mente todas son figuras brumosas y quietas. Se sabe desdichado e inútil. En su habitación no cabe más oscuridad ni humo, ni tristeza. No suspira porque no es valiente, sólo arroja una de las botellas por la ventana con una bronca que grita en su cabeza. Permanece quieto y con  la vista afiebrada del suave cansancio de su vida. La comprensión hastiada se le va como si no hubiera ni ayer ni mañana, porque el dolor de horquillas en su corazón es hoy. Se ve a sí mismo sólo, en una soledad como si él fuera el único, sin juventud ni muerte, en la nada aburrida.

   Los P... vuelven de una fiesta familiar. El padre, casi entrando en el edificio, recuerda que le ha prometido a su hijito Emmanuel unos pequeños juegos de pirotecnia. “Estrellitas” le había pedido el nene. El padre los hace esperar en la puerta. La madre y el niño lo miran sorprendidos cuando corre al quiosco. Vuelve. El niño aumenta sus ojos y su alegría cuando se enciende la llama chisporroteante. Sonríe temeroso, toma la chispa por el palito. La luz danza en los ojos infantiles y salta en sus sonrisas. El niño corre y brilla en su rubia luz. Los padres se besan. Encienden otra estrellita en el tranquilo cielo de la felicidad. Los jóvenes padres ven al niño correr por la vereda, felices, hasta que la botella del viejo del séptimo le revienta la cabeza rubia en charco de sangre y vidrio.

El clamor

El clamor

   - ...y la debilidad es desear, pues es dolor y es amor a ese dolor. Yo soy valiente y desprecio el mundo, el suyo que en su sufrimiento es inmundo, y me desprecio a mí mismo y en eso reside mi valentía. Es que en mí no hay fanatismo ni devoción, quizás certeza pero es un pacto mano a mano que vale más allá que cualquier tabla escrita... ustedes los débiles son los que sufren, en cambio yo me dedico a matar aunque signifique condenación para mí. No mato débiles, no dirijo mis filosas espadas a los débiles,  ellos dirigen a otros valientes, que como yo, desprecian y escupen la tierra que los parió, y en mortales encuentros nuestros desprecios se juntan con la muerte, y a veces morimos y a veces no... morir es como un alivio para mí, como un dulce bálsamo para el asco de vivir, esa repugnancia que se siente ante un cadáver cubierto de miel, o cubierto de comida... Por esto te clamo Señor Jehová, para que me fortalezcas una vez más, para que yo tome venganza para ti... La vida es dolor y asco al terror, por eso el valiente se impone vivir como un orgulloso desafío... hoy he de morir, y ustedes conmigo... muera yo con los filisteos, pero han de vivir mis hazañas con otros nombres y otros juicios, aunque mi carne sea tripa de gusanos... y ustedes morirán hoy conmigo, gracias a Jehová dios de los ejércitos, mi señor que vive y reina, el dios único que mueve las víboras de mis cabellos y mi barba que me atan su gloria de oro, el Señor que alabo y respeto como a mi igual, el que me dio brazos como poderosas columnas para que los mate conmigo... soy Sansón juez de Israel, el nazareno que matará a los malditos filisteos por la vergüenza de Jehová, el dios único... -
   Y entonces se inclinó con toda su fuerza, y cayó la casa sobre los principales, y sobre todo el pueblo de Gaza que estaba en ella. Y los que mató al morir fueron como los granos de polvo de los desiertos, muchos más que los que había matado durante su vida.

Suspiro

Suspiro

   Una tristeza le ganaba el pecho, lentamente primero, luego subía de manera brutal hasta que le ganó la garganta y la voz. Era una tristeza desconocida en parte, pues lo desconocido es precisamente lo que lo asustaba y lo perturbaba. No podía saber que era lo que lo entristecía. Podría ser alguna mujer que lo dejó con su indignación en la vista del universo todo, alguna que le había desnudado las lágrimas, o alguno de sus padres lo habían desilusionado abrumándolo con obligaciones y deberes que ellos mismos no cumplieron, o uno o dos amigos que habían perdido su propio camino. Es decir podía ser algo conocido pero olvidado, por lo que quizás no era una tristeza desconocida. Así con esa tristeza durmió largo rato mientras soñaba. Con gravedad caminó por el largo corredor de su casa, en la noche. Sentía que algo le faltaba, algo así como una desnudez, pero tenía un pantalón corto. No podía distinguir su malestar. Frunció el ceño mientras respiraba con dificultad, hacía calor. A lo lejos un pájaro cantaba con modestia o con temor. Estaba oscuro pero las formas se distinguían, mientras el campo respiraba la noche que se extendía sobre la llanura. En las cunetas las ranas enronquecían cantando contra los sapos. Los insectos volando o correteando permanecían en disturbios constantes, en el aire, aquí y allá. Todo parecía permanecer tranquilo salvo su alma, que se parecía esos bichos que giraban como locos o sin sentido ni orientación. Le pareció que algo había perdido. Con tristeza miró las estrellas. Recordó que ya no las miraba como cuando era niño y pensaba en mundos lejanos en luces envejecidas y retardadas, ni tampoco las miraba como cuando era casi hombre, y luego de los bailes agobiado por los rechazos femeninos pensaba en la posible cantidad de mujeres solas, anhelantes, frágiles y húmedas que en ese momento estarían solas mirando las estrellas y deseando el calor y las rigideces de un hombre, y luego pensaba en la injusticia del universo o de Dios que no posibilitaba ni los encuentros ni las satisfacciones. Era una verdadera crueldad darnos placeres para luego perderlos, o para sufrir luego un daño tal que nos hiciera olvidar de la dicha. Por qué el desamor o el dolor debían existir, si había quienes se empeñaban en la bondad. Por qué la vida era hermosa si existía la vejez o la muerte... En sueños lloró, con esa opresión de sentir la carne maldita alrededor de la garganta. Al despertar no recordaba, sólo sentía la angustia que lo ahogaba, que lo llenaba casi hasta paralizarle la lengua. Se incorporó. Fue al baño, se miró el rostro. Sentía un mareo leve. Acostado suspiró sin terminar para poder comenzar a inspirar, y comenzó una larga exhalación que parecía no acabar pero que terminó cuando su cuerpo se consumió totalmente, como si su carne se hubiese vuelto aire.

El mundo es extraño

El mundo es extraño

   El mundo es extraño” pensaba Jota “las cosas están allí, afuera de nosotros. Están cerca o son inalcanzables, son íntimas o ajenas, y sólo hay que verlas, nombrarlas, conocerlas, y entonces a partir de decir lo que son, podemos conocer el mundo. Quizás todo el conocimiento del mundo, sea una misma acción, la única acción que nos hace ser lo que somos, porque creo que somos lo que conocemos, lo que sabemos. Vamos por este extrañable mundo, siendo las cosas de este mundo, por eso quizás en la esencia de las cosas seamos lo que ellas son para nosotros”. Estas ideas se demoraban en su interior desde que comenzó a suponer que no todos los seres humanos ven la misma realidad. En una película del fin de su infancia, que casi no recordaba, un doctor decía que el ojo humano ve una parte mínima del amplio espectro de colores. Al salir del cine, había llegado a la conclusión de que ningún hombre ve la misma realidad. Pensaba que lo que él veía ahí adelante, era un perro porque así se llamaba para todos los que lo oyeran, y porque esa era la denominación que le habían enseñado, para aplicarla en ese elemento del mundo, en ese lugar del mundo. Pensó que la denominación, el concepto, son una serie de sonidos que se orientan como los colores. Pensó en una realidad de múltiples brazos, y ya no pudo admitir llamarla realidad. Se asustó, pero luego se tranquilizó suponiendo que ninguno de los que salían del cine, había pensado de aquella forma, la ignorancia colectiva le calmó su pequeña mente. Más tarde, una vez un amigo le dijo que el hombre se termina pareciendo a los libros que lee, y también a las mujeres que acaricia. “Entonces nuestro rostro refleja de una forma carnal el mundo que nos rodea, y  aún a ese amigo” pensó Jota.

Pasó el tiempo y se fue haciendo estafador profesional. Comenzó a pensar que aunque no todos ven la misma realidad, se igualan en la forma de nombrarla, y que allí en las palabras estaba el secreto de su oficio. Era estafador porque consideraba que cada cosa, cada idea, cada imagen, y cada momento en cada individuo, se diferencian de otras cosas, ideas, momentos e imágenes en tanto se definen, se significan, es decir, se nombran para ser únicas. La estafa era para él nombrar, o mejor ficcionalizar, representar una cosa que quizás no era eso. Pero se imponía a sí mismo, respetar una tranquila asimilación de lo que él representaba, por parte del otro. Quizás consideraba que no engañaba a los demás, y que sólo los guiaba en el camino de definir una situación, para al fin sacarles dinero, un provecho que era en su propio beneficio. Por lo tanto era fundamental que el “guiado-engañado” no quedara disconforme. Y así sucedía en la mayoría de los casos, aunque en la última ocasión, algo había fallado, y por eso hacía unos días que se mantenía oculto en una pieza de pensión ignota. Analizaba su situación, y no encontraba el momento donde había errado. Dudaba entre dos posibilidades, o se había demorado demasiado en la cama de la mujer del banquero “engañado”, o éste había entendido lo que pasaba y había descubierto todo. El asunto era que Jota estaba escondido con el dinero, y con mucho miedo de morir. Sentía flotar por su pieza, miradas que lo buscaban, que lo perseguían.  El temor verdadero es no poder definir, es latir agitadamente con la duda en el entendimiento. Con miedo no se puede pensar porque se hace imposible; solo queda actuar. Delante del terror, el pensamiento y la palabra pierden contra la acción” pensaba. Él al encontrarse delante del miedo, había actuado encerrándose de forma animalesca. Allí adentro de aquella pieza, permanecía horas sentado en la cama, con una mirada de madera sin mirar nada. Se decía en voz baja que “la incertidumbre de no saber nada, ante la posibilidad de la muerte porque se está temiendo una irrupción tremenda, es decir la incertidumbre de una muerte inminente aunque los días pasen sin ninguna novedad, es sufrir la mismísima Angustia. Porque no pasa nada, pero puede pasar, y  mientras, por dentro del cuerpo te pasa el miedo, despacito, muy despacito lastimándote rígidamente ”.
   Desde hacía unos días había decidido no salir hasta no estar totalmente tranquilo; mientras, el miedo total lo guardaba en aquel cajón enorme que era aquella pieza. Había anulado toda relación con los seres humanos, a la dueña de la pensión le había  dado suficiente dinero como para que pudiera decir que nadie vivía allí, y para que le preparase la comida y que luego la dejase en el banco al lado de su puerta, del lado de afuera, luego de tres golpes. Había dado un nombre falso.  
   Permanecía quieto, como petrificado, pensando, inmóvil. Permanecía quieto porque no confiaba en el piso de madera, cada vez que se movía crujía de vejez. A veces leía la Biblia que le había regalado su madre cuando era niño y que siempre llevaba con él. Uno de esos días de espera temerosa, los músculos de su cuerpo habían quedado rígidos como tablas, cuando leyó el pasaje en que el justo Job, sufriendo, dice:
Él hace cosas grandes e incomprensibles,
Y maravillosas, sin número.
He aquí que él pasará delante de
mí, y yo no lo veré;
Pasará, y no lo entenderé
    Apretó los ojos y cerró el libro sagrado, y nunca más lo abrió. Pensaba: “Dios puede ser esta sábana o aquel cenicero, y yo no podría saberlo, nunca”. Resopló compungido, caminó hasta la única y pequeña silla del rincón. Su problema era que no entendía que todo en el mundo pudiera ser divino, y le perturbaba pensar que algo con el fuego de Dios estuviera al alcance de él o de cualquier hombre, y fuera incomprensible, y por lo tanto ajeno, inasible. Dios podría estar ante un hombre, participar de su vida y estar fuera de ella, porque el hombre estaría incomunicado de toda su creación para siempre. “Si Dios existe, no se puede comunicar con nosotros, así que es como si no existiera” pensó. “Estoy solo con mi dolor que es único e irrepetible, indescriptible, original y con una mueca se dijo: horripilantemente inútil... si alguien me viera, o escribiera sobre mí todo lo que diría sería falso y lejano de mí”. Levantó la vista y el cielo raso permanecía impávido de un color inmóvil. En su cabeza se repetía frases con voz grave: tu dolor está solo... tenés miedo de la soledad en el sufrimiento, pero eso es ser hombre: estar sólo y temer con el más horrible dolor de la espera...”. Suspiró y miró la silla vieja y desvencijada, que aún resistía ofreciendo su apoyo a la pesadumbre, parecía saber de temblores y de cavilaciones en el temor. Se sentó a su lado en el piso, con las piernas encogidas y la espalda contra la pared. Sintió el revólver que le oprimía el vientre, nunca lo había usado porque creía que no funcionaba, y que sólo podía servir para amenazar a quien no conocía el arma, igualito que Dios que asusta a los que nunca lo pensamos pensó sonriendo débilmente. Permanecía quieto, respirando dificultosamente. Bajó las piernas. Le ardía la nuca, le picaba, pero no se rascó. De pronto oyó los golpes en la puerta, era su almuerzo. Decidió no salir.
   Allí afuera, ese plato vaporoso también podía ser Dios y él ya había decidido no verlo. Toda la habitación podía ser Dios, quizás aquella piezucha era una de las panzas, o la boca, podía ser el buche de un dios. Lo que lo rodeaba, podía tener un carácter que él nunca podría saber 
ni entender. Permaneció quieto, evitando pensar, no quería sufrir. La señora golpeó otra vez. “
Este es el tercer día que este hombre no come, ni sale. No puede ser... yo voy ver que pasa” se dijo, y revolvió en su manojo de llaves. Hizo una mueca de contrariedad, la puerta estaba trabada desde dentro. “¿Le habrá pasado algo?” pensó, y se preocupó. Llamó a su cuñado, que vino refunfuñando por la siesta accidentada, quien luego de golpear y manipular unas herramientas en la puerta, hizo ceder la traba.
   Entraron. No había nadie. La mujer se extrañó: “y cómo?... si no salió; yo lo tendría que haber visto, y no lo vi salir, así que no salió” concluyó. Su lagañoso cuñado la miró haciendo una mueca como para compartir su desconcierto.

   Y esto? gritó la señora levantando el revolver. “Mío no es” dijo su cuñado sardónicamente. Ella no lo escuchaba, “y esta silla tampoco es nuestra. ¿Qué pasó acá?” dijo aún más extrañada. Se miraron azorados. La mujer tocaba la silla, revisándola. Su cuñado verificó que el arma no había sido disparada. La dueña de la pensión dijo esta silla vieja, sí es mía, pero esta otra no. Nunca vi una silla así”. Pensaba, intentaba recordar, si eso que decía era así o no. Hacía mucho tiempo que no entraba allí, pero estaba casi segura de todo lo que decía. Para salir de su estupor, dijo a su cuñado como contenta: “igual me gusta. Fijáte, está nuevita. ¿Está linda, no?”. El cuñado, ya un poco fastidioso de esas cosas que no las podía entender, le respondió moviendo negativamente la cabeza: “para mí no... no es linda”, intentando apurar el fresco reencuentro con sus sábanas. Ninguno de los dos vio que bajo la cama estaba el bolso verde (que contenía el dinero) con el que por última vez se había visto a Jota. Fue la policía quien al registrar la pieza descubrió el bolso.

Charla

Charla    -...y después cuando me crezcan las alas que te dije, voy a pasar a buscarte por tu ventana, y tú amor mío, estarás allí esperándome, angelical y blanca, y yo te tomaré entre mis plumas, y volaremos hasta las nubes, y allí te confesaré mi amor con un beso... -

-Ay! ¿Te parece? A mí me daría miedo volar, a ver  si un cazador loco te quiere cazar para su colección...-

   -Bueno...-    -Fijáte si venís, tené cuidado... igual yo no... tengo miedo, sabés?-    -Bueno, entonces me pongo un saco, me tomo el colectivo, y cuando llegue te toco el timbre, y damos una vueltita nada más... ¿sabés? Quedáte tranquila...-

 

el Reloj de oro

el Reloj de oro

    Yo tengo un hermoso Reloj de oro puro que me regaló mi padre, ya ni recuerdo cuando fue, quizás en mi infancia, que ha pasado hace tanto tiempo como mi vejez. Ya no tengo cosas. Aquí todo es ceniza o aire o barro, sólo queda esta humilde casa y este Reloj, y algunos papeles amarillos, y yo. A veces, revolviendo mis cacharros de polvo, encuentro algún pedazo de carbón con el que escribo largamente, hasta que me duermo en un rincón de humedad. Aquí no hay ruidos, ni vientos, solo se escuchan mis arrastrados pies y este Reloj de oro puro golpeando su sincronía. Cuando noto que el Reloj atrasa un poco, desciendo a los profundos Infiernos a preguntar la hora, para poder ajustar el Reloj de oro puro que me regaló mi padre.

Tema para una pesadilla

Tema para una pesadilla

   ...Su mujer ya duerme. Él decide dejar de escribir y vencerse ante el sueño invasor. Debe ir a su lejana habitación, mientras la gran casa solitaria parece contener la respiración. Va imaginando a su mujer soñándolo en su lejana habitación. Desde la gran sala, hasta llegar a su lecho debe ir apagando las luces en la noche. Al apagar la primera, en la casa inmensa se oye un ruido pequeño al que no le da importancia. Pasa por una de las salas pequeñas, tantea las llaves de la puerta de atrás, apaga la luz y se oye un murmullo escondido, acechante. Sigue hacia el amplio comedor, en la oscuridad cuando está en el pasillo, se oye una risita o algo que se cae. Nervioso, baja apurado las escaleras. Él no ve nada, pero atrás se oye una risita de niño que lo persigue. Baja la escalera circular, detrás de él, persiguiéndolo viene la risita correteando, pisando los pasos asustado del adulto. Este horrible niño de aire que no se detiene en ningún espejo lo sigue con alegres pasitos sin cara, invisibles. Él se apresura cuando la risa casi lo está por alcanzar; pero nunca lo alcanza, siempre está viniendo tras las curvas de la escalinata en penumbras. Pasa por otros ambientes, apaga las luces con la punta de los dedos. Camina volando con sus pies pero no avanza demasiado, la risita flotante está atrás de su nuca constantemente. Él íntimamente sabe que en el lecho se podrá salvar, pero inevitable tras de sí, sigue escuchando ese quejido enfermizo y negro, esa risita agitada por los gritos convulsos de ese niño de fuego invisible y frío. Él se apresura...

El ladrón

El ladrón

  Su madre fue una mala mujer y su padre un pescador enfermizo y triste. No pudo conocerlos porque cuando era niño, lo regalaron a un tío de su madre. Sus padres eran demasiado miserables como para alimentarlo o cuidarlo. Con ese pariente vivió bastante bien, hasta que el pobre hombre murió de unas fiebres que asolaron la región. Solo y con hambre comenzó a robar. Era un niño aún, y ya robaba panes de las ventanas o gallinas sueltas que nadie reclamaba, y también monedas a los mendigos. Cuando creció, sólo robó una vez más. La madurez le llegó meditando su último robo. Esperó pacientemente a orillas de un camino, al recaudador de impuestos de un pueblo próximo, hasta que este pasó por allí. La bolsa venía casi llena, el camino iba vacío. Lo enfrentó y le quitó el dinero. En una distracción, el recaudador se arrojó sobre el ladrón que cayó. Éste se retorció y pudo zafarse, con lo que alcanzó una piedra para hacerle estallar la cabeza al recaudador. La sangre que le ensuciaba las manos lo asustó, sólo hasta que en un río cercano pudo limpiarse la sangre y el cadáver. Caminó con la dulce carga hasta el pueblo, al llegar inevitablemente se embriagó, discutió y peleó con alguien. Maltrecho, y tambaleante, regresó para recuperarse al rincón (tras unas ruinas, un trecho largo lo separaba del templo) donde guardaba sus cosas y sus hechos. Al día siguiente, lo despertó confuso una muchedumbre, que se mezclaba con la que buscaba el dinero robado. Estos acertaron cuando sospecharon de él porque era extranjero. Lo ataron. Se dejó llevar, aún dolorido y borracho. El juicio que lo condenó al principio fue lento, luego se aceleró, pues las autoridades habían decidido juntar su ejecución, con otras que se estaban decidiendo en esos momentos. No se supo defender, nunca se había sentido culpable. Tampoco le temía a la muerte, ni al dios que le temía el pueblo. Una vez cuando era niño vio a su tío, viejo y casi muerto, mirar el cielo con sus brazos abiertos. Le dio risa esa imagen patética: un hombre enfermo pidiendo clemencia, temeroso de algo que no se ve, que sólo se imagina. En las fiestas bajaban con su tío a la ciudad sagrada para ir al templo. En aquellos lugares oscuros, el niño pensaba en las pájaros, y en piedras para arrojarle a esos pájaros. Para él, la voz de los doctores de la ley era como un ruido de cadenas y sogas. Luego quedó solo con la muerte de su tío, nunca más pensó en nada (hasta la previsión de su último robo). Fue un niño pordiosero que llegó a comer raíces, sin guardar las épocas de ayuno sagrado. Nunca supo de los ritos que prescribe la ley, no se nutrió de su sabiduría. Sí, tuvo que aprender a dormir sin fuego en los rincones. Una noche, los arañazos y escupitajos de un leproso lo alejaron de unos panes que estaban caídos en el piso del templo. Evitaba la ciudad y vagaba sucio por sus límites. Por allí escuchó el murmullo de unos humildes hombres rotosos, cuando uno comenzó a gritar, los otros lo terminaron echando a patadas, éste gritaba que un dios vendría con un hacha de luz y cortaría los árboles sin fruto, para que ardan en un fuego interminable. El juicio por robar la bolsa con los impuestos parecía suceder lejos de donde estaba él. En la resaca ardiente que sufría, le pareció que el juicio había sucedido antes. Lo azotaron, los centuriones le dieron puñetazos y lo escupieron hasta el cansancio. Le estallaban los oídos, de su piel manaba gruesa sangre sobre la ardiente arena del mediodía. Caminó por amplios corredores oscuros, tambaleándose en su mugre. Lo tiraron ante un hombre cuyo rostro parecía cambiar. Su túnica, que era blanca, se derramaba sobre unas escaleras. Habló, pero el ladrón no lo entendía hasta que escuchó “cruz”, y comprendió que iba a morir. Los soldados lo empujaron, ya desatado, hasta donde estaba un muchacho deforme, que alcanzaba los gruesos leños a los condenados. Caminó por las calles, balanceándose con sus brazos atados al madero inmenso. Los que iban a morir se golpeaban, y caían pelándose las rodillas, muchos iban desnudos y llorando. A la vera alguna gente murmuraba, otros gritaban arrojándose sobre alguno bañándolo en lágrimas; otros los insultaban por lo bajo, y si los centuriones no los observaban, pateaban a los que caían. Salieron de la ciudad. El calor abrasador del altísimo sol abrumaba. Bajaron una pequeña hondonada, y luego subieron hacia el lugar llamado de la Calavera (o Gólgota). El ladrón vio las columnas de las cruces, aquellos palos verdugos, esbeltos como sirvientes de la muerte. Llegó y lo tiraron. Lo desgarraron al clavarlo, luego lo elevaron. La quemazón de la asfixia comenzó a subir y a bajar por su pecho, desgarrándolo. Debajo, muchos reían. Él no podía verlos, cerraba los ojos frunciendo su cara. A su lado uno insultaba dolorido a otro, el infeliz del que todos se reía abajo. El ladrón no oía, no entendía aquellas palabras. El horizonte le dolía al mirarlo, parecía deshacerse, mientras sacudía su cabeza. Miró al hombre insultado para olvidar el agudo dolor que lo mataba, aquél hermoso rostro resoplaba con el cansancio de un noble caballo. Entendió lo que decían riendo abajo: “Si eres el Hijo de Dios... Sálvate”, el de al lado repetía la injuria con una risa burlona. El ladrón, con la mirada empañada, miró al hombre silencioso, y casi exánime le dijo al hereje: “¿No temes ha Dios estando condenado como él, sufriendo lo mismo que él? Con nosotros se hizo justicia, pero éste no hizo ningún mal”. El otro hizo una mueca de fastidio antes de morirse. La gente había callado. El ladrón miró los llorosos ojos de aquél hombre atormentado. Quizás no creía en lo que decía, pero había hablado, porque le pareció cobarde aprovecharse del oprobio de un inocente. Cuando se miraron ninguno de los dos sentía el dolor que se alejaba. El ladrón le murmuró: “Acuérdate esta tarde cuando llegues a tu reino, quizás yo pase por allí”. Un viento de muerte comenzó a soplar. Ya estaban muriéndose. El otro le dijo dulcemente: “Ve mi noble amigo, las puertas de mi casa siempre estarán abiertas por ti. Te estaré esperando”. Todo se borraba mansamente ante la vista del buen ladrón. El rostro de Jesús fue lo último que vio.

identikit

identikit   El asesino más eficaz del mundo tiene un método que quizás sea magia oral, o un defecto natural, o puro y pedestre azar. Su método consiste en pronunciar el nombre de la víctima en la oscuridad y rodeado de completa soledad. Él ignoró esta cualidad suya hasta que una noche dijo el nombre de la mujer que amaba.

El comedor

El comedor

   El lugar era inmundo, flotaba una infección grasienta que chorreaba en las paredes, y se retorcía en las rotas vestiduras de una fila de harapientos, que se apretujaban en una repartija de comida. En sus manos apretaban sucios papeles para pagar aquella bazofia vaporosa. Había algunos que no comían, sólo porque vendían su ración al doble de su precio a los inválidos inútiles que se apilaban en la puerta. Había otros que comían un poco mordisqueando con sus dientes podridos, mientras mezquinaban aquella comida a sus hijos, sólo por guardarse el alimento en una bolsa pegajosa. La olla humeaba y hedía un vapor nauseabundo que iba hasta los pelos duros de aquellos seres abyectos. La fila avanzaba con ruido de trapos. Las caras se contraían en muecas de codicia infantil. Los que especulaban no comían, y sonreían con sus vientres contraídos. Otros empujaban ante cualquier detención, sólo para tomar un plato, y devorar su parte hasta el enchastre. Algunos acaparaban e insultaban al que los miraba torvamente. Otros sólo miraban, sin que nada les importara, estaban en el rincón más mugriento. Allí entre ellos, en el piso sucio, los escalofríos de fiebre me retorcían. Otros gritaban y escupían sus enfermedades, nadie quería escucharlos. Allí había una mezquina fealdad que torturaba el tiempo, hasta que de pronto, la puerta estalló en astillas y algo altísimo entró lentamente. El techo descascarado rozaba la capucha negra que ocultaba su rostro. Su túnica, que era la noche, ocultaba sus brazos y parte de su larga espada de fuego blanco. Se detuvo en medio de la vulgar multitud. Lo miraron nuestras miradas lagañosas con piel de aceite y mocos. Con un movimiento reverencial, el negro Ángel del Exterminio destrozó a aquellos hombres inservibles. Yo no pude salvarme, aunque supe quien era. Luego se fue.

Historia de un sueño sobre un campesino

Historia de un sueño sobre un campesino

   A punto de ir a dormir su siesta, luego de una mañana atareada y de un sabroso puchero, un tranquilo y satisfecho campesino se sobresalta al escuchar unos ruidos en uno de sus corrales, detrás de la casa. Sale para vigilar, quiere ver qué esta pasando. Al llegar parece que todo está detenido, inmóvil, parece que todo flota sin ruido, y sin caer jamás. Mientras avanza, comienza a ver como los animales, sus propios animales lo miran fijamente, como paralizados. Cientos de bestiales ojos lo eligen como el centro de sus miradas fijas. Camina un poco más, y sigue viendo que aquellos ojos negros y peludos se fijan en él, y se clavan en su ser. Se detiene. El campesino está en el centro del silencio contenido de aquella respiración animal. De pronto la masa de bestias comienza a acercarse con los ojos fijos en él, su amo. Todo lo carnal se mueve sin ningún ruido, sólo se oyen algunas ramas quebrándose tras los pesados pasos, y el pasto raspándose y también el agua de algún charco invadido. Lentamente los chanchos lo alcanzan sin sus ronquidos, sin olisquear el aire caminan duros y mirándolo. El campesino se aleja despacio, una vaca y muchas más le cortan el paso; más allá unas gallinas y un caballo lo miran si moverse. Todo es silencio, piensa que hasta los pajaritos lo deben estar mirando. Los animales siguen acercándose, muchos arrastran sus patas y levantan la leve tierra, lo van rodeando. Mira a todos lados, tiene un poco de miedo. Atrás ve el alambre levantado, que da un corral con menos chanchos. El temor lo apura. Al pasar al otro lado, se engancha en las púas y cae de espaldas en el barro oloroso del chiquero. Se incorpora lentamente. Dentro del lodo se dibujan ondas, se siente que sinuosamente algo avanza. En una de sus manos enterradas siente una mordedura que le corta los dedos, justo un momento antes de que todos los animales lo despedacen vivo.