Blogia
revistaforhtedon

PROSAS

Mismísima mierda por Gustavo José León Peredo

Mismísima mierda  por Gustavo José León Peredo

   La humanidad avanza en un solo sentido. La gran obra universal es producto de un genio colectivo. En la repetición halla el hombre su conciencia y su pasado, y la conciencia de pertenecer a él. En el pasado, y sólo en el pasado están los símbolos para comprender el nuevo futuro, que será luego otro pasado. Así presente, futuro y pasado se igualan. El tiempo es sólo una invención del poder, como el taparrabos que impide la exhibición del cuerpo. El tiempo es el más perverso de los factores humanos, el niño que es un nudo de tensiones y perversiones contenidas no adquiere la noción del tiempo sino cuando se le es impuesto por el orden de los adultos. Todo es cuestionable, vive la realidad, ve a la fábrica a trabajar, cómprate los objetos que deseas; pero cuestiónate, siempre cuestiónate. O suicídate para alcanzar el estado puro de la existencia. El mundo es del Mal pues se aparta de toda verdad espiritual, de toda búsqueda de absolutos y de toda conciencia divina. El orden, la ley está en los colores, en los placeres, en los perfumes, en las noches y en los días. La realidad es la irrealidad del todo.
   El preso, el condenado, asoma su rostro entre las rejas de una calle lateral y le grita a un hombre que transita por ella: “estás preso y condenado al igual que yo, dichoso de mí que lo sé, miserable tú, que lo ignoras”. El hombre que nada comprende sube a un carro, y se dirige a su casa y se lo cuenta  a su mujer. Ella lo mira y en silencio le sirve la comida. El preso no eligió la comida de esa noche, el hombre tampoco. Así como la reja limita la libertad, el tiempo limita la realidad.
    Una madre profundamente triste se acerca a la camilla de su hijo que agoniza feliz, luego de sufrir los avatares de una enfermedad terminal. Ella lo mira apenada por la inminente muerte de su hijo, él la mira apenado por la inminente vida de su madre. Abriendo su boca afiebrada, coagulada la risa de sangre, y riendo aún dice: “Madre me das pena, la existencia es una enfermedad terminal. El Hombre siempre estuvo enfermo pero igual se ríe, y yo lo odio por eso, odio mi maldita y pobrísima mente, un demonio de la burla nos anestesia día a día la capacidad de pensamiento y lenguaje. No soy sino una adolescente histérica que aprieta fuertemente sus piernas resistiéndose a perder la virginidad y se marcha a su casa y lastima su sexo masturbándose en las noches”.
    Un hombre le dice a su mujer: “quiero un hijo nuestro, hermoso como un ángel, vestirlo y arroparlo en las noches durmiendo entre nosotros. Que crezca sano y fuerte como su padre, para que camine en las calles junto a ti. Nuestra felicidad estará en cambiarle sus pañales, y en esa caca sagrada estará la justificación de nuestra existencia. Pues, amor mío, en qué reside la felicidad del hombre sino en reproducir otros hombres, que fornicando a su vez harán más hombre en serie”. La mujer lo mira pisa su cigarrillo, y abre sus piernas murmurando: “Oh, Humanidad ven a mí”.
    En el cuerpo y en su extensión cree el hombre asir la dicha y en ese individualismo, en ese narcisismo de vanagloria hallan los déspotas y los perversos el lecho tibio para violar la libertad de la psiquis, del espíritu y del cuerpo. Maldito lector de mi prosa, sabe que para la Historia tus sueños miserables son tan mínimos como un orgasmo en las noches infinitas, y al igual que toda la riqueza de un imperio. Más no por ello las murallas se desvirgan, más no por ello, cruel hermano mío, dejará tu alma de soñar. La humanidad avanza en un solo sentido, el sinsentido en el cual avanza la arroja a un abismo de desesperanza. Estas son meras palabras, la vida es mera en sí misma y se esmera por ello.¡Vanidad humana, cosmético infernal!

Sobre Hamlet por Matías Rafael Esteban

Sobre Hamlet  por Matías Rafael Esteban

   Si alguna nefasta y aburrida deidad suprimiera todos los libros en un santiamén, dejando sólo Hamlet, en primer lugar entenderíamos sus gustos literarios, en segundo lugar podríamos recriminar su obtuso poder que habría pecado de furioso desdeño al borrar al Quijote, a la Comedia, a Homero, a las Flores del Mal, o a la Biblia, y en tercer lugar podríamos clamar tranquilamente que el valor de aquél náufrago de esa intempestiva divinidad encierra la totalidad del alma humana. Por alma entenderemos ese mito que dice que el hombre porta una brillo (un desencanto por su existir), supurado desde la herida que es su vida. Desencanto que es desconfianza de los otros, y aburrimiento de experiencias en la modernidad. Dolores que son hijos de la imposibilidad de creer, o del dolor de la acción o de la inacción ante el mundo. En La Trágica Historia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca, vemos la negra melancolía de un joven príncipe por la cercana pérdida de su amado padre, y  por el apresurado casamiento de su amada madre con su propio cuñado. Es un bello joven que anda enturbiado en amores con una cortesana, que llora su pérdida y la falta de dolor, y que se encuentra con el espectro de su padre muerto que vaga en pena y que le ordena la venganza de su muerte. La raquítica sombra del padre le manda matar a su tío, el rey y asesino suyo. Hamlet es un ser hecho de miedos y de tristeza que porta la orden de la muerte, y que es vestido con los ropajes de la venganza. Debe limpiar el trono del asesino sin manchar a su madre. Pero sólo logra dudar entorpeciendo su existencia con insultos que lo flagelan, que parten de su misma boca. El príncipe Hamlet sólo puede dudar entre hacer o no hacer. Su duda es inacción. Él que era pensamiento melancólico, que recordaba a su padre, debe actuar y matar para que la piel de su padre quede limpia de los condenados líquidos infernales. Y sólo logra pensar, con dolor encerrado en piezas de confusa luz, o sólo puede matar por accidente a quien no debe. Hamlet es un hombre que duda de sus pensamientos y de sus acciones, y hasta del espectro, y que enturbia sus intenciones simulando intentar acciones, y simulando enloquecer. La duda turbulenta es locura en él, sus acciones se vuelven neblinosas, y sus razonamientos saturninos divagan hasta la truculencia sin arribar a sectores de luz. Hamlet es un hombre, y duda como cualquiera de nosotros que refrigeramos nuestros miembros a la sombra de nuestros pensamientos que giran y giran, sin asentarse ni en Dios, ni en la televisión. Es un ser que siente el dolor de las acciones. Su carne dolorida se vuelve madera podrida y se aplasta ante el contacto con la muerte, no la del padre perdido, sino la que le muestra el espectro que calla para no describirle el infierno de bestias que oscuramente mastican condenados, y la muerte del mismo Hamlet que va adherida a sus dedos frágiles. El príncipe Hamlet palpita por el dolor y el horror de ser humano, por el conocimiento de su propia muerte inminente y por la inutilidad de las acciones y los pensamientos del hombre. El pobre príncipe debe simular, teatralizar sus gestos para disimular su máscara horrorizada ante la muerte, esa máscara que es hija del espectro y de sus propias dudas. Es un hombre que actúa como en una pantomima, con movimientos sudorosos del propio dolor, nos remonta hacia Dante con los ojos salpicados del dolor respirado en los Infiernos.
   Hamlet nos da el peso del alma de los hombres, y sus monólogos hablan de la desesperación de los seres humanos al existir. Atormentado, sólo gime sin saber que lo oímos, pero somos inútiles oyentes pues el dolor, el amor, todo lo humano son gestos representados, movimientos sobre un escenario incomprensible y vacío.