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VII - Escrito por R.M. Dhorke

VII - Escrito por R.M. Dhorke

El abismo de lo inútil hemos alcanzado al declarar lo inútil de lo humano. Ahora no hay donde saltar. Abajo se extiende el paraje sin límites. Todo es inútil, porque ser humano es horroroso, porque lo único que provoca es el espanto de morir. Morir la muerte nuestra o ver televisada o contada la muerte de otro. De vez en cuando (nos enteramos que a cada rato) hay un hombre que hace morir a otro. No es el mismo sujeto, varios son los matadores, miles los muertos. Entonces ser humano es horrible y no sirve de nada serlo para parar cada dolor. ¿Por qué hay dolor? podría preguntarme un hijo si antes no me hubiese matado ya, por ser tan imbécil por haberlo traído a este calvario de imbéciles como yo (gracias a los dioses soy estéril, creo). O ¿por qué alguien tortura o mata a otro?. Las razones señoritos, señoritas, son muchas (lamentablemente): por amor, porque el asesino ama o no lo aman; por hambre, del asesino o del ladrón muerto; por la patria, para conservar o para cambiar esa moderna entelequia feraz y canalla; por poder (dinero, especias, lo que sea); etcétera, etcétera... Las razones para hacer sufrir son varias, pero bien podría ser una sola: porque el hombre asesino o torturador es un pobre hipócrita que no sabe suicidarse. El asesino y el maldito torturador temen a su propia muerte y matan (los muy imbéciles) y no saben aguardar su muerte con sabiduría y amor. Creo que es por esto que un hombre infringe dolor sobre otro... Por todo esto proponemos, desde estas palabras borrachas, tener paciencia, nuestra muerte es inevitable, tu muerte está por venir, mi muerte ya llega, y si no llega... ya va a llegar no nos desesperemos... si estamos en el peor potro de los tormentos, ya va avenir la muerte a liberarnos... si tenemos una aguda picana en nuestras garras, probémosla, ese dolor metálico es su sabor anticipado... No apuremos la muerte en nadie. Ante ella somos igualitos hermanos míos, unos torpes granos que caminan por el cosmos. Somos nada. ¿Para qué hacer de estos pasos solitarios algo tan agrio como el dolor? ?Por qué creer que lo que poseemos o pensamos es muuuuy Importante? Somos trágicamente eventuales, no lo olvidemos. El dolor de estar arrojados a las posibles espinas de este mundo vale más que todas las balas y todos los látigos. Ese dolor es ser hombres, quema y es horrible, pero la buena muerte que es dulce, lo apaga para siempre.

HOMBRE DEL FORHTEDON

HOMBRE DEL FORHTEDON

nombre: Ralph Mathew Dhorke

estado civil: viudo

edad: 66

auto: carruaje

nacionalidad: forajido

profesión: filósofo y sabio dudoso

helados: no le gustan

*no le gusta escribir formularios ni hacer trámites a la mañana

documentos: los tiene en la casa

domicilio: ayer se acordaba

humor: no tiene (se preguna si cuenta el grano de pus que le salió en el traste)

¿qué se llevaría a una isla desierta?: un barco, un arma, provisiones

**este cuestionario salió publicado el 14 de enero de 1986 en el querido El diario de literatura que se editaba mensualmente en la ciudad Sevilla (nº454 pág. 12), Editorial Literaria.

FELIZ ANIVERSARIO PARA NOSOTROS... YA QUE NADIE SE ACORDÓ...

FELIZ ANIVERSARIO PARA NOSOTROS... YA QUE NADIE SE ACORDÓ...

Como nadie se acordó de Forhtedon, (ni siquiera nosotros), acá les traemos una tortita para que a su salud, coman y tomen unos tragos o un chocolate o un tecito, no sé. Pueden cortarse ustedes mismos,agarren el pedazo que quieran... SALUTE Y QUE LO QUE VENGA... QUE VENGA NOMÁS, QUE ACÁ LO ESPERAMOS

Algunos de nuestros hombres del forhtedon

Algunos de nuestros hombres del forhtedon

La amistad es un remedio muy barato y vital para que el dolor que nos da el mundo y nuestra idiotez o nuestra maldad... otras pociones son amargas y caras, y requieren pactos con diversos y demasiado crueles entes... la práctica de la amistad es ardua y conlleva sacrificios como muchas cosas en esta vida... ser poetas y narradores es nuestra misión, hacer literatura, ese momento de soledad ante nuestro rostro descarnado y un papel en blanco, pero también ser amigos para nosotros es hacer un poco más por la literatura ya que en medio nuestro se van mil argumentos e imágenes preciosas, mariposas de nocturnos colores que por aquí sólo se ven...

Saludo por el que ríe en el inframundo

   Buenas, amigos y amigas, volvemos (siempre volvemos) como si el arrepentimiento fuera un deporte hermoso y edificante... y confieso estoy arrepentido (cosa que odio) por que he abandonado a este hijo (bobo?) que es esta publicación. Ella nació alla por el lejanísimo 2000 (o `99? el signore profesor Peredo les podrá decir con exactitud calendaria ya que este anciano no recuerda ni su santo siquiera), y se movió como todo recién nacido con sustos, movimientos torpes, cagándose encima y mucho llanto de odio a este mundo. El Infierno, (nuestro cotidiano hogar, nuestro domicilio), los satanes que lo habitan, los mandados enfermos que torturan nuestro diario acontecer, nos demandan mucha dedicación y esfuerzo y sufrimiento. Sé que todo esto no es excusa para abandonar a un hijo, pero entiéndaseme que quizás me estoy abandonando a mí mismo, y que con él se va mi ser. Es que quizás abandonándolo, me estoy quedando solo, sin nada, ni mi ser… A mí sólo me queda esta risa amarga y podrida, (antes me servía, me reía de los diablos que eran gordos, y del fuego que tenía olor a mierda y no era tan fatal; y hoy todo me lastima en este lugar, con decirles que me resfrié... sí me enfermé con la humedad del Infierno) hoy estoy débil y muy viejo, creo que siempre fui un anciano decrépito, quizás mañana muera… pero hasta que llegue mi hora final juro que seguiré dándole a Forhtedon el aliento que necesite, aunque se me vaya el que necesite para este cacho de vida que me queda. No he abandonado Forhtedon, lamentablemente soy este espanto tirado en la existencia, soy el que todo lo abandona, soy el que queda solo en las madrugadas masturbándose con banales imágenes santificadas por la televisión… (mi culpa es prestarle mi atención a todo como un fanático panteísta)… Forhtedon es el alma de nuestra literatura, es siniestra y oscura (¿y que querían, alegría de tartamudos cerdos soñolientos?, búsquenla que el orbe está llena de esa fruta inmunda), su aliento huele a una mula muerta, tiene ojos de lava incandescente, mil cabezas de leprosos idiotas y la piel escrita con cuchillos y hachas. Forhtedon es la sonrisa de la amargura frente a lo inútil y lo bello (que es útil y necesario, aunque cueste creerlo). Forhtedon se hace en medio del despiadado devenir, por eso parece un gran viento que pasa y casi nadie ve salvo los que están cerca. Somos hombres del Forhtedon casi a nuestro pesar, qué se le va a hacer… no vamos a cejar ante este dolor que es Forhtedon, amamos este dolor… bailaremos, correremos, sufriremos por esto, aunque nos mate.

epílogo al anuario por Gustavo José León Peredo

epílogo al anuario por Gustavo José León Peredo

  Muchos fueron los mínimos agravios que sufrieron sin lágrimas pronunciables nuestros ojos, pero aquí vivimos: respiren forhtedon. Es nuestro oxígeno, la indetallable amargura de las noches no dormidas, no soñadas, no vulneradas por el sueño que cura la vigilia, tan anémicamente hermosa. Nada se ha ganado, sobre nada hemos triunfado, sólo hemos dado a la esperanza del intelecto enmohecido una vieja mucama: la literatura. Ahora si que caminamos tantas avenidas sin ser vistos, ni aplaudidos, ni reciclados por nadie, a excepción de la lluvia, a expensas del sofocante andar. No, confiadísimo lector, no buscan estas líneas tu conmiseración, gracias de todos modos. Muchas madres hemos perdido y muchos hermanos hemos ignorado, negamos soles y lunas, negamos la mano amiga, la caricia amante, la felicidad del hombre: de toda esa negación han nacido los cuentos y las poesías, los suplicios y los  insomnios,  los esteban y los peredos, los lectores futuros. FORHTEDON nace en las tinieblas por ello sus ojos no se tropiezan en la oscuridad del mundo. Alejados de lo moral o lo inmoral, esas lenguas tan culturales que poco agradan a la literatura, cercanos sí a la experiencia del no vivir y del no existir sino en permanente compromiso desinteresado de hacer lo único que sabemos hacer: leer, pensar y escribir. No podemos darnos el lujo de perder tiempo ganando dinero. ¿Románticos... excéntricos?, narradores, poetas, escribidores de fantasías más reales que la devaluación de los rostros ante el inefable espejo. FORHTEDON los saluda con una mirada vieja y comprensiva, dulce anomia de un beso que se olvida sin nombre bajo el llanto de un muerto. Ámennos, ódiennos, vuelvan indiferentes sus ojitos hacia otra parte. Los siglos sucederán a los siglos, habrá nuevos imperios, volverán los tribunos y los esclavos, los césares y los mártires, todo volverá a ser polvo y desmemoria, fragilidad de olvido, menopausia de dichas propias o ajenas. Pero hoy estamos, hoy respiramos, hoy vemos, olemos y sentimos ese sol y esa lluvia, esa flor y ese llanto. Tenemos tantos nombres como el demonio y tantos sueños de barro como Dios, si algo deben decirnos, si de algún modo deben llamarnos, dígannos simplemente hombres del FORHTEDON, con ello viviremos y moriremos en paz.

El asesino envejecido

El asesino envejecido

   Creo que tiene miedo. Está sentado en su cama viendo la ventana. Ahí afuera todo está gris y húmedo, en el invierno devastador. Ha despertado de una pesadilla, las imágenes todavía recorren sus ojos.
   Fuma en soledad. Mira el humo y recuerda las chimeneas, los ademanes descompuestos, y la ceniza tranquilizadora y purificadora. Y recuerda cómo la ceniza, se empecinaba en quedarse ensuciando sus solapas y sus medallas. Están allí en su recuerdo, los inmensos soplidos hacia el cielo, negros de tanto olor a carne quemada.
   Tiene miedo. Miedo que todo haya estado mal. Pero teme más el hecho de que todo termine. Tiene miedo de que en cualquier momento abran su puerta y reclamen “Wilhem Sammer”... Pero no, sabe que no terminará. Sacude su cabeza cenicienta tranquilizándose, está a salvo aquí, en este lugar tan lejano y escéptico. “Sólo son mis sueños” se tranquiliza, “debería volver a analizarme” se dice y cree que todo vuelve a la normalidad.
   Quiere caminar y despejarse. Y sale a caminar por allí. Es casi de noche. En la húmeda y fría ciudad se encienden las luces nocturnas que van a ensuciar la tarde y luego la noche. Lo saludan unas señoras como si fuera una personalidad. Se sienta en una plaza solitaria y ventosa. Cualquiera al verlo podría pensar: “Un jubilado muerto de hambre”. O simplemente: “¡Qué viejo loco, con este frío!”. En las avenidas los coches pasan salteados. Cada tanto pasa uno.
   Ve a dos niñas corriendo por el frío desierto de la plaza. Juegan. Él se extraña que estén solas, pero no les da importancia. Ellas corren sacudiendo sus cabellos y sus vestidos, viven su pureza infantil. Hacen rondas y gritan. Van y vienen. Él sonríe pálidamente, para sus adentros y sin fijar su vista en nada, como recordando la manera de sonreír. Ellas paran de pronto. Se le acercan y le dicen llorando: ”¿Por qué?” dicen una y otra vez, entre gemidos y quejidos, acercándose lentamente, como acudiendo en su ayuda. Es allí, en ese momento, cuando él se da cuenta que tienen marcado un número en la frente, y que en vez de ojos tienen dos agujeros negros y hondos, y que sus bracitos y sus piernas son muy, muy finos sólo hueso y piel.

El hijo...

Un niño deforme ve jugar a otros niños

y a ellos se acerca y pide jugar a su vez,

éstos ríen y señalan la rugosidad de su piel

y uno grita “¡es gracioso y feo cual cochino!”.

Otro tomó una piedra dándole en el rostro,

tambaleó y tropezó con un enorme perro

éste lo mordió arrancándole un dedo

y los niños rieron con un estruendo de oso.

En la arena, cerca de los juegos de la plaza,

tomando su mano el niño llora y vomita

y esta nueva comedia despertó nuevas risas.

Como un teatro, oscureció el cielo de nada;

y Lucifer gritó “Oh hijo, pequeño amor, entra a casa de prisa!”

y el cielo encendió sus luces y ya no se oyeron risas.

otra metamorfosis

otra metamorfosis

   Soñó que volaba alto, muy alto, posándose levemente en cada antena, en cada cornisa. Despertó asustado, con miedo de caer y voló hasta su nido.

El viejo y los angelitos

El viejo y los angelitos

   Cada vez que los ángeles bajan a la ciudad van a la casa del viejo Gustav. Él siempre tiene para ellos fruta fresca, alguna flor, o una vela, a veces caramelos o dulces, y siempre tiene unos versos o alguna historia para contarles. Una vez allí, ellos van cerca de las ofrendas, casi llegan a tocarlas, por momentos parecen olerlas, pero nunca hacen nada. Gustav tira todo, recién cuando el pútrido olor de las cosas, inunda su humilde casa. Arroja todo en una hoguera que hace en su patio, y que luego apaga con agua de lluvia.

   El viejo Gustav arrastra sus pequeños pies hasta el límite de su puerta, desde donde los ve venir, luego les abre para dejar que ellos anden su libertad por su pobre morada. Al rato les habla con su voz liviana, y parece que su barba rala se pone de una blancura más anciana. Su repertorio es muy amplio, les cuenta de ciudades que se hunden, y que luego salen un solo día al año. También la historia del hombre, a quien falsamente le atribuyen una aventura cargada de épica y de valor sobrehumano, quien luego se oculta en su casa para que no vean su rostro falso. Les contó la historia del rey triste que piensa. Unos versos de uno de sus poemas decía:

...tu Nombre da esplendor a una carne

en el simple castigo de varas lejanas

o de músicas ardientes como mares

que bailan su tristeza en una alegre cama...


  También les repite la historia del hombre y la mujer que se visitan asiduamente pero que nunca logran nombrarse, ni conocerse.
   Ellos nunca le hablarán, ni lo escucharán jamás.
   Cuando Gustav habla, algunos se entretienen viendo sus huesudas manos sobre el bastón (que de a ratos tiembla), otros notan nuevos rasgos, nuevos detalles en su rostro, algún nuevo pelo de su nariz o de su áspera oreja, o quizás les sorprende el rostro, algún nuevo pelo de su nariz o de su áspera oreja, o quizás les sorprende el cigarrillo, que a veces fuma el anciano. En sus caras no hay sorpresa, ni gusto, ni alegría, ni emoción alguna. Sus rostros de cera brillante y lampiña no transmiten nada, son como dibujos de gordos serios, fofos, cachetones con el pelo revuelto.

   Se quedan en la casa hasta que el viejo termina de hablar, luego se van. Ellos parecen escuchar, pero no se puede asegurar que lo hagan. Sus rostros están detenidos o flotando. Al detenerse la narración salen raudamente. Desde la puerta del viejo Gustav, los ángeles salen a cumplir sus misiones. ¿En esos relatos o en su poesía se encuentran las misiones qué deben cumplir los ángeles?.

El día tercero...

Si la noche es oscura aquella fue más,

en la total negrura de la tierra y el cielo

a bramar comenzaron los mares y los truenos

y los lobos y los perros a ladra y aullar.

Uno que nada veía, nada veía pues era ciego,

oía, no obstante, y olía en el aire una tormenta

se apeó, cobarde y valiente, y con voz serena

murmuró “¡Hoy es el día, es hoy el día tercero!”.

El viento arrancó de la tierra las tres cruces de madera,

sombras esquivas andaban solas sin cuerpos,

“Es hoy, repetía, cuando se abra el infierno”.

El ciego temeroso oyó romperse las rocas inmensas,

“¿Eres Tú, eres Tú el Nazareno?”

de rodillas el ciego abrió los ojos y contempló el universo.

una metamorfosis

una metamorfosis

   B sentía atracción por A, quien siempre ignoró toda la simpatía que B le tenía. Esto quizás se debiera al desconocimiento de B con respecto al tema del amor, o quizás era consecuencia de la fealdad de su aspecto. Considerando estas posibilidades, B se propuso conquistar a C y a D. Lo que no le costó conseguir. Aunque D fue más difícil. Así B supo el arte de la seducción, y supo lo que era el amor. Con su piel y su rostro cambiados, B se acercó hacia A, procuró no molestar, y solo observó. Estuvo únicamente un momento, y vio que el cuerpo de A era de piedra.

XI...

Cielo azul o negro que mis ojos miran,

en qué nube escondes al ángel que me guarda;

espíritu alto y frío, como la punta de una montaña,

eres volado celeste del vestido de una ninfa?.

Veo que cambias posturas, cual mujer que provoca,

vasto y pequeño eres, aljibe de una metrópoli,

pintura ingenua que un dios cortajeó en el atril,

dime, Ausente, es también tu tiempo corsé de horas?

¡Temo seas el vientre preñado de una Giganta!,

que luego de dar a luz su hijo sobre la tierra,

este nuevo ser miserable nos gobierne como un dios.

Cielo, mujer cuyas formas sensuales me arrebatan,

aspiro a los senos azules, desnudos, tu cadera amplia,

alta y fría, hermosa deidad, hazme el amor!

El jabón del Dr. Menguele

El jabón del Dr. Menguele

    Un eminente médico del ejercito alemán del Tercer Reich, que trabajó en muchos campos de concentración, inventó un método que podría haber revolucionado las guerras, había descubierto una fórmula para la invisibilidad, esta fórmula se debía aplicar por medio de un jabón. La derrota despreció la investigación, y sin laboratorios  el método de invisibilidad quedó en su fase experimental, y no se pudo progresar para una buena aplicación del jabón. Muchos de los jerarcas nazis al escapar de la derrota en una Europa de frías ruinas, utilizaron aquél jabón (que se debía usar sin enjuagarlo del  cuerpo, si es que no querían aparecer). Y así desnudos, húmedos y enjabonados muchos (casi todos) murieron entre espasmos de neumonía sin que nadie lo notara,  sin poder socorrerlos.

VI - Escrito por Manuel X. Vargas

VI - Escrito por Manuel X. Vargas

  Veo a mi lado seres semejantes a mí con sus almas rebosantes, infladas de felicidad, que son  cáscaras, son mugre, son restos de uñas cortadas para el resto del mundo porque parece menospreciarlos con tanta fuerza como ellos lo desprecian haciendo uso de su dicha. Con sus cuerpos parecen decir que nuestras existencias (la de sus vecinos) no sólo no son nada, sino que son poco menos que nada, son la basura del universo, cosas mezcladas con ruidos y con humo, un revoltijo de porquerías que se debate en lamentos y que en ese fragoroso tumulto sólo se ve la corrupción de nuestra débil carne. Pero allí reside la duda de nuestra existencia, pues nos vernos envejecer caminado ciegos hacia la muerte. Vemos que por un lado el cuerpo se muere con la duda y por el otro con los pecados y la débil corrupción. Aunque creo que no nos espanta la muerte, sino que nos duele vernos ciegos, sucios y fríos, solos. Por allá hay algunos que hablan de la no existencia de Dios, o de que no hay Dios pero es sólo para despotricar contra la Iglesia, y para poder escupir hostias o correr a mear el agua bautismal, cuando no se dan cuenta de lo necesaria que es la idea de Dios. La de un orden que todo lo tranquilice y lo legisle. El hombre fija una realidad para poder organizarse y vivir su vida productiva, comunicándose y relacionándose con otros por medio del lenguaje, pero necesita en un momento a Dios, en el necesario momento paralelo a la actividad productiva que algunos llaman ocio, algunos arte, otros religión o belleza y que llena momentos aparte del trabajo, es decir, es la tranquilidad, allí es necesaria la idea de Dios, es cuando el hombre piensa en sí mismo, en su grupo, en su realidad. Momento que viene luego de su vida, es la noche cuando se reúne y cuenta historias, o cuando celebra sus ritos o cuando baila y disfruta del opio. Dios es necesario, por lo menos su sombra debe estar allá a lo lejos en un monte, sobre una planta cerca del horizonte; es decir Dios debiera siempre estar porque es necesario para el orden y para el hombre. Porque el hombre debe descansar para seguir trabajando, derritiendo su propia tranquilidad con diversión. El hombre moderno hace competir la idea de un dios contra la idea de una realidad necesaria y establecida y publicitada. Siempre se podrá decir que una es más necesaria que la otra, siempre se encontrarán argumentos para una u otra como esenciales para lo real. Por un lado los textos místicos, y por otro las legisladas informaciones periódicas, que vendrán a apuntalar con rigideces aquellas ideas. Pero ambas son versiones, sólo versiones, de las que se ríe con dientes filosos y la verdadera realidad que no conocemos. Pues parece que más allá de lo dicho anida algo. Más acá hay quienes creen en Dios pero son como curas físicoculturistas con descomunales miembros que atoran al mundo con su fe, sustentada por la fuerza de sus puños brutales. Por un lado no ven los problemas que suscita la palabra Dios y por el otro no ven más allá de sus ignorantes glándulas a las otras maneras de la fe como la anarquía, el ateísmo, el nihilismo, la filosofía, la historia, el lenguaje, etc, etc. Hoy nos mostramos como hombres huecos, pero es el momento de la historia en que tenemos más herramientas e ideas, hay muchísimas posibilidades de elección pero no queremos elegir porque somos temerosos. Aunque creemos en el progreso rompemos las cunas de la civilización, y siendo ignorantes que se ríen con desprecio nos revolcamos en la barbarie más horrorosa. Somos cultura hecha carne, por lo tanto somos frutos de semillas variadas, es decir hay plurales manifestaciones que no conocemos y que deberíamos indagar para no ser injustos más allá del bien y del mal. Somos hermanos aunque nuestro padre sea el desconocido que pasó sin vernos.

Natividad o Felicidades

Natividad  o Felicidades

   Un viejo solitario mira televisión, es Navidad; está bebiendo solo y amargado viendo cómo en otros lugares suceden las fiestas. Ve la felicidad que nunca tendrá, y que pudo haber tenido. Destapa la séptima botella de sidra recordando sus hijos lejanamente bastardos, recuerda las horribles mujeres de su vida. En su mente todas son figuras brumosas y quietas. Se sabe desdichado e inútil. En su habitación no cabe más oscuridad ni humo, ni tristeza. No suspira porque no es valiente, sólo arroja una de las botellas por la ventana con una bronca que grita en su cabeza. Permanece quieto y con  la vista afiebrada del suave cansancio de su vida. La comprensión hastiada se le va como si no hubiera ni ayer ni mañana, porque el dolor de horquillas en su corazón es hoy. Se ve a sí mismo sólo, en una soledad como si él fuera el único, sin juventud ni muerte, en la nada aburrida.

   Los P... vuelven de una fiesta familiar. El padre, casi entrando en el edificio, recuerda que le ha prometido a su hijito Emmanuel unos pequeños juegos de pirotecnia. “Estrellitas” le había pedido el nene. El padre los hace esperar en la puerta. La madre y el niño lo miran sorprendidos cuando corre al quiosco. Vuelve. El niño aumenta sus ojos y su alegría cuando se enciende la llama chisporroteante. Sonríe temeroso, toma la chispa por el palito. La luz danza en los ojos infantiles y salta en sus sonrisas. El niño corre y brilla en su rubia luz. Los padres se besan. Encienden otra estrellita en el tranquilo cielo de la felicidad. Los jóvenes padres ven al niño correr por la vereda, felices, hasta que la botella del viejo del séptimo le revienta la cabeza rubia en charco de sangre y vidrio.

Ser (2)...

Nadie nos continúa, ni la muerte ni los hijos;

no hay unidad más cierta que mi cuerpo;

fuera de mí todo es extraño, perverso,

más no por eso niego hallar maldad dentro mío.

 

Aunque cambien el nombre de la calle donde vivo

y aunque fabrique autos en lugar de versos

nada en torno mío torna ajeno el universo

porque el mundo es descripción de lo que pienso y digo.

 

No hay linaje que me preceda y no hay crío

que continúe la labor que persevero

no es desvelo universal mi personal deseo.

 

No existen tramas invisibles, no hay hilo

que enhebre de los hombres el pensamiento

no hay unidad más cierta que mi cuerpo.

Los muertos ebrios...

“Oye Sepulturero, oye, oye mi canción:

yo tengo un ojo tuerto y una pierna coja

por eso tenme respeto y pon vino en la copa

que se acaba la copla y se seca mi voz”

 

El otro joven, más ebrio aún, canta:

“A mi niña yo la beso, a su madre beso no,

el padre no tiene seso y el hermano se murió”.

El Sepulturero con ira los corre y amenaza:

 

“Están malditos esta noche, vuelvan a dormir,

¡ya lo ve el diablo! Cuando el Hombre muere ebrio

no acepta su condición y quiere volver al juego”.

 

“Esta noche hemos muerto y no vamos a dormir,

mañana nuestras sombras a las fosas volverán,

oh Sepulturero... sirve una copa más”.

El clamor

El clamor

   - ...y la debilidad es desear, pues es dolor y es amor a ese dolor. Yo soy valiente y desprecio el mundo, el suyo que en su sufrimiento es inmundo, y me desprecio a mí mismo y en eso reside mi valentía. Es que en mí no hay fanatismo ni devoción, quizás certeza pero es un pacto mano a mano que vale más allá que cualquier tabla escrita... ustedes los débiles son los que sufren, en cambio yo me dedico a matar aunque signifique condenación para mí. No mato débiles, no dirijo mis filosas espadas a los débiles,  ellos dirigen a otros valientes, que como yo, desprecian y escupen la tierra que los parió, y en mortales encuentros nuestros desprecios se juntan con la muerte, y a veces morimos y a veces no... morir es como un alivio para mí, como un dulce bálsamo para el asco de vivir, esa repugnancia que se siente ante un cadáver cubierto de miel, o cubierto de comida... Por esto te clamo Señor Jehová, para que me fortalezcas una vez más, para que yo tome venganza para ti... La vida es dolor y asco al terror, por eso el valiente se impone vivir como un orgulloso desafío... hoy he de morir, y ustedes conmigo... muera yo con los filisteos, pero han de vivir mis hazañas con otros nombres y otros juicios, aunque mi carne sea tripa de gusanos... y ustedes morirán hoy conmigo, gracias a Jehová dios de los ejércitos, mi señor que vive y reina, el dios único que mueve las víboras de mis cabellos y mi barba que me atan su gloria de oro, el Señor que alabo y respeto como a mi igual, el que me dio brazos como poderosas columnas para que los mate conmigo... soy Sansón juez de Israel, el nazareno que matará a los malditos filisteos por la vergüenza de Jehová, el dios único... -
   Y entonces se inclinó con toda su fuerza, y cayó la casa sobre los principales, y sobre todo el pueblo de Gaza que estaba en ella. Y los que mató al morir fueron como los granos de polvo de los desiertos, muchos más que los que había matado durante su vida.

Suspiro

Suspiro

   Una tristeza le ganaba el pecho, lentamente primero, luego subía de manera brutal hasta que le ganó la garganta y la voz. Era una tristeza desconocida en parte, pues lo desconocido es precisamente lo que lo asustaba y lo perturbaba. No podía saber que era lo que lo entristecía. Podría ser alguna mujer que lo dejó con su indignación en la vista del universo todo, alguna que le había desnudado las lágrimas, o alguno de sus padres lo habían desilusionado abrumándolo con obligaciones y deberes que ellos mismos no cumplieron, o uno o dos amigos que habían perdido su propio camino. Es decir podía ser algo conocido pero olvidado, por lo que quizás no era una tristeza desconocida. Así con esa tristeza durmió largo rato mientras soñaba. Con gravedad caminó por el largo corredor de su casa, en la noche. Sentía que algo le faltaba, algo así como una desnudez, pero tenía un pantalón corto. No podía distinguir su malestar. Frunció el ceño mientras respiraba con dificultad, hacía calor. A lo lejos un pájaro cantaba con modestia o con temor. Estaba oscuro pero las formas se distinguían, mientras el campo respiraba la noche que se extendía sobre la llanura. En las cunetas las ranas enronquecían cantando contra los sapos. Los insectos volando o correteando permanecían en disturbios constantes, en el aire, aquí y allá. Todo parecía permanecer tranquilo salvo su alma, que se parecía esos bichos que giraban como locos o sin sentido ni orientación. Le pareció que algo había perdido. Con tristeza miró las estrellas. Recordó que ya no las miraba como cuando era niño y pensaba en mundos lejanos en luces envejecidas y retardadas, ni tampoco las miraba como cuando era casi hombre, y luego de los bailes agobiado por los rechazos femeninos pensaba en la posible cantidad de mujeres solas, anhelantes, frágiles y húmedas que en ese momento estarían solas mirando las estrellas y deseando el calor y las rigideces de un hombre, y luego pensaba en la injusticia del universo o de Dios que no posibilitaba ni los encuentros ni las satisfacciones. Era una verdadera crueldad darnos placeres para luego perderlos, o para sufrir luego un daño tal que nos hiciera olvidar de la dicha. Por qué el desamor o el dolor debían existir, si había quienes se empeñaban en la bondad. Por qué la vida era hermosa si existía la vejez o la muerte... En sueños lloró, con esa opresión de sentir la carne maldita alrededor de la garganta. Al despertar no recordaba, sólo sentía la angustia que lo ahogaba, que lo llenaba casi hasta paralizarle la lengua. Se incorporó. Fue al baño, se miró el rostro. Sentía un mareo leve. Acostado suspiró sin terminar para poder comenzar a inspirar, y comenzó una larga exhalación que parecía no acabar pero que terminó cuando su cuerpo se consumió totalmente, como si su carne se hubiese vuelto aire.