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“Duerme”...

Y al mirar su apariencia comenzó a creerle

Lo que en libros majestuosos con avidez leyó

Ahora ante sus ojos estaba imponente

Y hasta el Tiempo las agujas de su sangre aceleró.

“A la juventud volverás o si prefieres

a la infancia que has guardado siempre en tu corazón

el oro lloverá como el agua que se vierte

y cada espina que te ha herido se volverá amor”.

El pobre viejo hacia un espejo levantó la frente:

 “¡Ay, vanidad, juventud es dulce vino que se me acabó

Y con sólo firmar al Caído la copa se me llenó!”.

El Ángel de las tinieblas al viejo le dijo “duerme”.

Al amanecer miró sus manos y el rostro al espejo volvió

Todo en él era belleza y juventud, acaso todo lo soñó.

Mismísima mierda por Gustavo José León Peredo

Mismísima mierda  por Gustavo José León Peredo

   La humanidad avanza en un solo sentido. La gran obra universal es producto de un genio colectivo. En la repetición halla el hombre su conciencia y su pasado, y la conciencia de pertenecer a él. En el pasado, y sólo en el pasado están los símbolos para comprender el nuevo futuro, que será luego otro pasado. Así presente, futuro y pasado se igualan. El tiempo es sólo una invención del poder, como el taparrabos que impide la exhibición del cuerpo. El tiempo es el más perverso de los factores humanos, el niño que es un nudo de tensiones y perversiones contenidas no adquiere la noción del tiempo sino cuando se le es impuesto por el orden de los adultos. Todo es cuestionable, vive la realidad, ve a la fábrica a trabajar, cómprate los objetos que deseas; pero cuestiónate, siempre cuestiónate. O suicídate para alcanzar el estado puro de la existencia. El mundo es del Mal pues se aparta de toda verdad espiritual, de toda búsqueda de absolutos y de toda conciencia divina. El orden, la ley está en los colores, en los placeres, en los perfumes, en las noches y en los días. La realidad es la irrealidad del todo.
   El preso, el condenado, asoma su rostro entre las rejas de una calle lateral y le grita a un hombre que transita por ella: “estás preso y condenado al igual que yo, dichoso de mí que lo sé, miserable tú, que lo ignoras”. El hombre que nada comprende sube a un carro, y se dirige a su casa y se lo cuenta  a su mujer. Ella lo mira y en silencio le sirve la comida. El preso no eligió la comida de esa noche, el hombre tampoco. Así como la reja limita la libertad, el tiempo limita la realidad.
    Una madre profundamente triste se acerca a la camilla de su hijo que agoniza feliz, luego de sufrir los avatares de una enfermedad terminal. Ella lo mira apenada por la inminente muerte de su hijo, él la mira apenado por la inminente vida de su madre. Abriendo su boca afiebrada, coagulada la risa de sangre, y riendo aún dice: “Madre me das pena, la existencia es una enfermedad terminal. El Hombre siempre estuvo enfermo pero igual se ríe, y yo lo odio por eso, odio mi maldita y pobrísima mente, un demonio de la burla nos anestesia día a día la capacidad de pensamiento y lenguaje. No soy sino una adolescente histérica que aprieta fuertemente sus piernas resistiéndose a perder la virginidad y se marcha a su casa y lastima su sexo masturbándose en las noches”.
    Un hombre le dice a su mujer: “quiero un hijo nuestro, hermoso como un ángel, vestirlo y arroparlo en las noches durmiendo entre nosotros. Que crezca sano y fuerte como su padre, para que camine en las calles junto a ti. Nuestra felicidad estará en cambiarle sus pañales, y en esa caca sagrada estará la justificación de nuestra existencia. Pues, amor mío, en qué reside la felicidad del hombre sino en reproducir otros hombres, que fornicando a su vez harán más hombre en serie”. La mujer lo mira pisa su cigarrillo, y abre sus piernas murmurando: “Oh, Humanidad ven a mí”.
    En el cuerpo y en su extensión cree el hombre asir la dicha y en ese individualismo, en ese narcisismo de vanagloria hallan los déspotas y los perversos el lecho tibio para violar la libertad de la psiquis, del espíritu y del cuerpo. Maldito lector de mi prosa, sabe que para la Historia tus sueños miserables son tan mínimos como un orgasmo en las noches infinitas, y al igual que toda la riqueza de un imperio. Más no por ello las murallas se desvirgan, más no por ello, cruel hermano mío, dejará tu alma de soñar. La humanidad avanza en un solo sentido, el sinsentido en el cual avanza la arroja a un abismo de desesperanza. Estas son meras palabras, la vida es mera en sí misma y se esmera por ello.¡Vanidad humana, cosmético infernal!

Los honores de un ratón...

Mis honores –decía un ratón- son deliciosos,

Mi pequeño cuerpo causa espanto entre las damas

Y al igual que un diablo burlón me entretengo

Causando alboroto en reuniones y funerales.

 

Un abrigo a la medida de mis velludos hombros

Cae por mi espalda hasta besarse con mis pies

Y en los ojos me bailan burbujas nerviosas

Que de una oscura bodega el vino supuraba.

 

Ah, la amada entre sábanas suaves sufre y goza,

Un joven hermoso en élla descarga sus honores y angustias

Y la aprieta contra su cuerpo como queriéndola asfixiar.

 

Y bajo las sábanas me escabullo para morder con furia

Las bellas nalgas del joven que salta del lecho

Y contempla horrorizado como me hundo en la amada que goza.

El mundo es extraño

El mundo es extraño

   El mundo es extraño” pensaba Jota “las cosas están allí, afuera de nosotros. Están cerca o son inalcanzables, son íntimas o ajenas, y sólo hay que verlas, nombrarlas, conocerlas, y entonces a partir de decir lo que son, podemos conocer el mundo. Quizás todo el conocimiento del mundo, sea una misma acción, la única acción que nos hace ser lo que somos, porque creo que somos lo que conocemos, lo que sabemos. Vamos por este extrañable mundo, siendo las cosas de este mundo, por eso quizás en la esencia de las cosas seamos lo que ellas son para nosotros”. Estas ideas se demoraban en su interior desde que comenzó a suponer que no todos los seres humanos ven la misma realidad. En una película del fin de su infancia, que casi no recordaba, un doctor decía que el ojo humano ve una parte mínima del amplio espectro de colores. Al salir del cine, había llegado a la conclusión de que ningún hombre ve la misma realidad. Pensaba que lo que él veía ahí adelante, era un perro porque así se llamaba para todos los que lo oyeran, y porque esa era la denominación que le habían enseñado, para aplicarla en ese elemento del mundo, en ese lugar del mundo. Pensó que la denominación, el concepto, son una serie de sonidos que se orientan como los colores. Pensó en una realidad de múltiples brazos, y ya no pudo admitir llamarla realidad. Se asustó, pero luego se tranquilizó suponiendo que ninguno de los que salían del cine, había pensado de aquella forma, la ignorancia colectiva le calmó su pequeña mente. Más tarde, una vez un amigo le dijo que el hombre se termina pareciendo a los libros que lee, y también a las mujeres que acaricia. “Entonces nuestro rostro refleja de una forma carnal el mundo que nos rodea, y  aún a ese amigo” pensó Jota.

Pasó el tiempo y se fue haciendo estafador profesional. Comenzó a pensar que aunque no todos ven la misma realidad, se igualan en la forma de nombrarla, y que allí en las palabras estaba el secreto de su oficio. Era estafador porque consideraba que cada cosa, cada idea, cada imagen, y cada momento en cada individuo, se diferencian de otras cosas, ideas, momentos e imágenes en tanto se definen, se significan, es decir, se nombran para ser únicas. La estafa era para él nombrar, o mejor ficcionalizar, representar una cosa que quizás no era eso. Pero se imponía a sí mismo, respetar una tranquila asimilación de lo que él representaba, por parte del otro. Quizás consideraba que no engañaba a los demás, y que sólo los guiaba en el camino de definir una situación, para al fin sacarles dinero, un provecho que era en su propio beneficio. Por lo tanto era fundamental que el “guiado-engañado” no quedara disconforme. Y así sucedía en la mayoría de los casos, aunque en la última ocasión, algo había fallado, y por eso hacía unos días que se mantenía oculto en una pieza de pensión ignota. Analizaba su situación, y no encontraba el momento donde había errado. Dudaba entre dos posibilidades, o se había demorado demasiado en la cama de la mujer del banquero “engañado”, o éste había entendido lo que pasaba y había descubierto todo. El asunto era que Jota estaba escondido con el dinero, y con mucho miedo de morir. Sentía flotar por su pieza, miradas que lo buscaban, que lo perseguían.  El temor verdadero es no poder definir, es latir agitadamente con la duda en el entendimiento. Con miedo no se puede pensar porque se hace imposible; solo queda actuar. Delante del terror, el pensamiento y la palabra pierden contra la acción” pensaba. Él al encontrarse delante del miedo, había actuado encerrándose de forma animalesca. Allí adentro de aquella pieza, permanecía horas sentado en la cama, con una mirada de madera sin mirar nada. Se decía en voz baja que “la incertidumbre de no saber nada, ante la posibilidad de la muerte porque se está temiendo una irrupción tremenda, es decir la incertidumbre de una muerte inminente aunque los días pasen sin ninguna novedad, es sufrir la mismísima Angustia. Porque no pasa nada, pero puede pasar, y  mientras, por dentro del cuerpo te pasa el miedo, despacito, muy despacito lastimándote rígidamente ”.
   Desde hacía unos días había decidido no salir hasta no estar totalmente tranquilo; mientras, el miedo total lo guardaba en aquel cajón enorme que era aquella pieza. Había anulado toda relación con los seres humanos, a la dueña de la pensión le había  dado suficiente dinero como para que pudiera decir que nadie vivía allí, y para que le preparase la comida y que luego la dejase en el banco al lado de su puerta, del lado de afuera, luego de tres golpes. Había dado un nombre falso.  
   Permanecía quieto, como petrificado, pensando, inmóvil. Permanecía quieto porque no confiaba en el piso de madera, cada vez que se movía crujía de vejez. A veces leía la Biblia que le había regalado su madre cuando era niño y que siempre llevaba con él. Uno de esos días de espera temerosa, los músculos de su cuerpo habían quedado rígidos como tablas, cuando leyó el pasaje en que el justo Job, sufriendo, dice:
Él hace cosas grandes e incomprensibles,
Y maravillosas, sin número.
He aquí que él pasará delante de
mí, y yo no lo veré;
Pasará, y no lo entenderé
    Apretó los ojos y cerró el libro sagrado, y nunca más lo abrió. Pensaba: “Dios puede ser esta sábana o aquel cenicero, y yo no podría saberlo, nunca”. Resopló compungido, caminó hasta la única y pequeña silla del rincón. Su problema era que no entendía que todo en el mundo pudiera ser divino, y le perturbaba pensar que algo con el fuego de Dios estuviera al alcance de él o de cualquier hombre, y fuera incomprensible, y por lo tanto ajeno, inasible. Dios podría estar ante un hombre, participar de su vida y estar fuera de ella, porque el hombre estaría incomunicado de toda su creación para siempre. “Si Dios existe, no se puede comunicar con nosotros, así que es como si no existiera” pensó. “Estoy solo con mi dolor que es único e irrepetible, indescriptible, original y con una mueca se dijo: horripilantemente inútil... si alguien me viera, o escribiera sobre mí todo lo que diría sería falso y lejano de mí”. Levantó la vista y el cielo raso permanecía impávido de un color inmóvil. En su cabeza se repetía frases con voz grave: tu dolor está solo... tenés miedo de la soledad en el sufrimiento, pero eso es ser hombre: estar sólo y temer con el más horrible dolor de la espera...”. Suspiró y miró la silla vieja y desvencijada, que aún resistía ofreciendo su apoyo a la pesadumbre, parecía saber de temblores y de cavilaciones en el temor. Se sentó a su lado en el piso, con las piernas encogidas y la espalda contra la pared. Sintió el revólver que le oprimía el vientre, nunca lo había usado porque creía que no funcionaba, y que sólo podía servir para amenazar a quien no conocía el arma, igualito que Dios que asusta a los que nunca lo pensamos pensó sonriendo débilmente. Permanecía quieto, respirando dificultosamente. Bajó las piernas. Le ardía la nuca, le picaba, pero no se rascó. De pronto oyó los golpes en la puerta, era su almuerzo. Decidió no salir.
   Allí afuera, ese plato vaporoso también podía ser Dios y él ya había decidido no verlo. Toda la habitación podía ser Dios, quizás aquella piezucha era una de las panzas, o la boca, podía ser el buche de un dios. Lo que lo rodeaba, podía tener un carácter que él nunca podría saber 
ni entender. Permaneció quieto, evitando pensar, no quería sufrir. La señora golpeó otra vez. “
Este es el tercer día que este hombre no come, ni sale. No puede ser... yo voy ver que pasa” se dijo, y revolvió en su manojo de llaves. Hizo una mueca de contrariedad, la puerta estaba trabada desde dentro. “¿Le habrá pasado algo?” pensó, y se preocupó. Llamó a su cuñado, que vino refunfuñando por la siesta accidentada, quien luego de golpear y manipular unas herramientas en la puerta, hizo ceder la traba.
   Entraron. No había nadie. La mujer se extrañó: “y cómo?... si no salió; yo lo tendría que haber visto, y no lo vi salir, así que no salió” concluyó. Su lagañoso cuñado la miró haciendo una mueca como para compartir su desconcierto.

   Y esto? gritó la señora levantando el revolver. “Mío no es” dijo su cuñado sardónicamente. Ella no lo escuchaba, “y esta silla tampoco es nuestra. ¿Qué pasó acá?” dijo aún más extrañada. Se miraron azorados. La mujer tocaba la silla, revisándola. Su cuñado verificó que el arma no había sido disparada. La dueña de la pensión dijo esta silla vieja, sí es mía, pero esta otra no. Nunca vi una silla así”. Pensaba, intentaba recordar, si eso que decía era así o no. Hacía mucho tiempo que no entraba allí, pero estaba casi segura de todo lo que decía. Para salir de su estupor, dijo a su cuñado como contenta: “igual me gusta. Fijáte, está nuevita. ¿Está linda, no?”. El cuñado, ya un poco fastidioso de esas cosas que no las podía entender, le respondió moviendo negativamente la cabeza: “para mí no... no es linda”, intentando apurar el fresco reencuentro con sus sábanas. Ninguno de los dos vio que bajo la cama estaba el bolso verde (que contenía el dinero) con el que por última vez se había visto a Jota. Fue la policía quien al registrar la pieza descubrió el bolso.

Ser (1)...

En la Naturaleza todo elemento es sagrado,

concibamos o no la figura de un dios;

más esa divinidad del tiempo y espacio

esa gracia con que se arrastra el caracol

 

y la víbora son vanos movimientos efímeros

que avanzan sólo en segmentos aislados;

vanos y caducos somos, ágiles, volados

meras ondas que la piedra provoca en el río.

 

Por donde anduve habrá mañana otros pasos,

al morir un astro celeste no muta el universo

ni lloraron los cristos cuando murió mi hermano.

 

La brizna, el hombre, la oscuridad son sagrados

pero nada es irremplazable sea bueno o perverso

incluso este verso será mañana olvidado.

Sobre Hamlet por Matías Rafael Esteban

Sobre Hamlet  por Matías Rafael Esteban

   Si alguna nefasta y aburrida deidad suprimiera todos los libros en un santiamén, dejando sólo Hamlet, en primer lugar entenderíamos sus gustos literarios, en segundo lugar podríamos recriminar su obtuso poder que habría pecado de furioso desdeño al borrar al Quijote, a la Comedia, a Homero, a las Flores del Mal, o a la Biblia, y en tercer lugar podríamos clamar tranquilamente que el valor de aquél náufrago de esa intempestiva divinidad encierra la totalidad del alma humana. Por alma entenderemos ese mito que dice que el hombre porta una brillo (un desencanto por su existir), supurado desde la herida que es su vida. Desencanto que es desconfianza de los otros, y aburrimiento de experiencias en la modernidad. Dolores que son hijos de la imposibilidad de creer, o del dolor de la acción o de la inacción ante el mundo. En La Trágica Historia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca, vemos la negra melancolía de un joven príncipe por la cercana pérdida de su amado padre, y  por el apresurado casamiento de su amada madre con su propio cuñado. Es un bello joven que anda enturbiado en amores con una cortesana, que llora su pérdida y la falta de dolor, y que se encuentra con el espectro de su padre muerto que vaga en pena y que le ordena la venganza de su muerte. La raquítica sombra del padre le manda matar a su tío, el rey y asesino suyo. Hamlet es un ser hecho de miedos y de tristeza que porta la orden de la muerte, y que es vestido con los ropajes de la venganza. Debe limpiar el trono del asesino sin manchar a su madre. Pero sólo logra dudar entorpeciendo su existencia con insultos que lo flagelan, que parten de su misma boca. El príncipe Hamlet sólo puede dudar entre hacer o no hacer. Su duda es inacción. Él que era pensamiento melancólico, que recordaba a su padre, debe actuar y matar para que la piel de su padre quede limpia de los condenados líquidos infernales. Y sólo logra pensar, con dolor encerrado en piezas de confusa luz, o sólo puede matar por accidente a quien no debe. Hamlet es un hombre que duda de sus pensamientos y de sus acciones, y hasta del espectro, y que enturbia sus intenciones simulando intentar acciones, y simulando enloquecer. La duda turbulenta es locura en él, sus acciones se vuelven neblinosas, y sus razonamientos saturninos divagan hasta la truculencia sin arribar a sectores de luz. Hamlet es un hombre, y duda como cualquiera de nosotros que refrigeramos nuestros miembros a la sombra de nuestros pensamientos que giran y giran, sin asentarse ni en Dios, ni en la televisión. Es un ser que siente el dolor de las acciones. Su carne dolorida se vuelve madera podrida y se aplasta ante el contacto con la muerte, no la del padre perdido, sino la que le muestra el espectro que calla para no describirle el infierno de bestias que oscuramente mastican condenados, y la muerte del mismo Hamlet que va adherida a sus dedos frágiles. El príncipe Hamlet palpita por el dolor y el horror de ser humano, por el conocimiento de su propia muerte inminente y por la inutilidad de las acciones y los pensamientos del hombre. El pobre príncipe debe simular, teatralizar sus gestos para disimular su máscara horrorizada ante la muerte, esa máscara que es hija del espectro y de sus propias dudas. Es un hombre que actúa como en una pantomima, con movimientos sudorosos del propio dolor, nos remonta hacia Dante con los ojos salpicados del dolor respirado en los Infiernos.
   Hamlet nos da el peso del alma de los hombres, y sus monólogos hablan de la desesperación de los seres humanos al existir. Atormentado, sólo gime sin saber que lo oímos, pero somos inútiles oyentes pues el dolor, el amor, todo lo humano son gestos representados, movimientos sobre un escenario incomprensible y vacío.

La muñeca...

Aburrido, el niño deja su juego
abandonando en el jardín sus soldados de plástico,
entra en la casa y se dirige a su cuarto
en donde esconde una muñeca vestida de negro,

sus labios de ocho años apoya en los de ella
y comienza a subirle el vestido para contemplar su cuerpo;
es inconsciente su excitación al plástico de los senos
cuando le acaricia despacio las caderas y las piernas

y se agita su pulso turbándose los ojos,
desnuda la apoya en su cara, la respira, la olfatea,
luego la deja en la almohada y la recorre con la lengua.

Dentro de su boca chupa y mastica los cabellos rojos
y de este modo dormido abrazándola se queda.
Su madre lo mira con ternura, lo besa y cierra la puerta.

La tormenta...

 Mientras cae la lluvia y duelen los relámpagos;
los truenos, fugaces y duros, asoman en el cielo
como antiguos guerreros surgiendo de la tierra
para cazar al enemigo temeroso  y estúpido.

Un niño inválido en su lecho gira la cabeza
para uno y otro costado haciendo sonar la campanilla
que entre sus dientes agita para que una criada
al oírla acuda a su cuarto.


Es que el viento sacude las ventanas abiertas,
y el frío del aire lo llena de angustia
y le despeina el cabello y le seca los labios.

Abandonado en la alfombra un oso de felpa lo mira
y el niño a su vez lo mira con miedo,
y sacude desesperado la campanilla entre sus dientes.

 

Charla

Charla

   -...y después cuando me crezcan las alas que te dije, voy a pasar a buscarte por tu ventana, y tú amor mío, estarás allí esperándome, angelical y blanca, y yo te tomaré entre mis plumas, y volaremos hasta las nubes, y allí te confesaré mi amor con un beso... -

-Ay! ¿Te parece? A mí me daría miedo volar, a ver  si un cazador loco te quiere cazar para su colección...-

   -Bueno...-    -Fijáte si venís, tené cuidado... igual yo no... tengo miedo, sabés?-    -Bueno, entonces me pongo un saco, me tomo el colectivo, y cuando llegue te toco el timbre, y damos una vueltita nada más... ¿sabés? Quedáte tranquila...-

 

Noche romántica...

He desenterrado su cuerpo

en la noche que clareaba allá arriba, lejana,

el candil apoyado en la tierra

aumentaba y disminuía con su luz mi sombra.

 

 

Llegado al palacio donde mi reina dormía

aparté con un pañuelo los habitantes de la

tierra húmeda y forjé los labios de la madera

que al abrirse descubrió la putrefacción de la amada.

 

 

¡Y cómo besé el hueco oloroso donde brillaron sus ojos!

el aposento mortuorio nos sirvió de lecho amoroso

y mi boca destrozó profundo los senos empolvados!

 

Saciado nuevamente en mi reina,

cubrí su cuerpo con las blancas túnicas que la velaban

emparejé la tierra y volví al hogar solitario.

el Reloj de oro

el Reloj de oro

    Yo tengo un hermoso Reloj de oro puro que me regaló mi padre, ya ni recuerdo cuando fue, quizás en mi infancia, que ha pasado hace tanto tiempo como mi vejez. Ya no tengo cosas. Aquí todo es ceniza o aire o barro, sólo queda esta humilde casa y este Reloj, y algunos papeles amarillos, y yo. A veces, revolviendo mis cacharros de polvo, encuentro algún pedazo de carbón con el que escribo largamente, hasta que me duermo en un rincón de humedad. Aquí no hay ruidos, ni vientos, solo se escuchan mis arrastrados pies y este Reloj de oro puro golpeando su sincronía. Cuando noto que el Reloj atrasa un poco, desciendo a los profundos Infiernos a preguntar la hora, para poder ajustar el Reloj de oro puro que me regaló mi padre.

Las últimas campanas...

Las campanadas hacen sonar el aire

graves ondas que viajan, palomas transparentes,

la catedral con sus torres imponentes

espanta a los niños y no menos a los padres.

Las campanadas, campanadas, campanadas,

enloquecen del tiempo sus agujas viajeras,

ya no vuelve jamás a mirar lo que deja

camina con pisadas lentas, muy lentas, pero avanza.

¡Hay apuro en los sepulcros por enterrar campanas!

¡Ay, Tiempo, tomarán con vidrios rotos tu garganta

y sonará tu campanada con sangre a carcajadas!

Palada tras palada, tras palada, tras palada,

tierra sobre tu cuerpo, tierra cae sobre tu cara,

deja que toque en tu entierro las últimas campanas.

Anuario Fernando Pessoa (Lisboa1888 -Lisboa1935 )

Anuario   Fernando Pessoa (Lisboa1888 -Lisboa1935 )

...aunque mis versos nunca sean impresos, allá tendrán su belleza, si fueren bellos...

prólogo al anuario por el que ríe en el inframundo

prólogo al anuario por  el que ríe en el inframundo

   Salud, amiguitos y amiguitas!... estamos con ustedes de nuevo diciendo cosas que ya dijimos (nos parecemos a otros, qué se le va a hacer!), porque hace rato que no las decimos en la calle. Como en una reminiscencia repetimos nuestro pregón antiguo: el Arte es útil, si anda buscando la Belleza, si nos da el beneficio del goce, si es divertido. Hoy ampliamos esta proclama en un mandato: ¡Que el Hombre sólo haga cosas lindas! Y nada más!!. Cansan el haragán confort, el tiempo insulso de los televisores, porque nos ahuecan la esperanza. Por ejemplo, hoy, sólo buscamos el control remoto del placer amoroso. Y nos agotamos escondiendo los fracasos porque nos dicen que solamente los adinerados héroes son amados verdaderamente. Tenemos que educar a nuestros hijos para que insensatamente gocen de la absurda vida. Creemos que hay Belleza, pero que no hay una única forma pura. Cada ser conoce su propio goce, sabe lo que le gusta, en su instinto está la Belleza, asi como el hecho de que no debe dañar a su prójimo, salvo que el estropicio del otro se le presente como necesario a su propio deleite. La Belleza es una moral, y creemos que debe ser la única. El fantasma del progreso positivista recorre los intestinos del mundo: es hora que abramos nuestros agujeros y evacuemos ese veneno. En occidente, hoy, estamos infectados de una regla de belleza corporal… Ah, si esos mutilados no fueran tan crueles! no se habrían maltratado muchísimas linduras!. Pensemos esto: si hacemos mucha fuerza (mental, espiritual, intelectual) podemos vencer estas (y otras) reglas ancianas que nos oprimen. La victoria es posible porque todos, alguna vez, han sido vencidos, nadie es un infalible invicto para siempre, nadie.
   Los de Forhtedon somos pregoneros, nada más. No tenemos verdades reveladas, ni fotos movidas, somos exclusivos gritadores afónicos de (y por) la Belleza gozosa. Entusiastas removedores de cosas viejas, como gente en perpetua mudanza que no se quiere olvidar nada. Nos damos cuenta que como especie nos quedan muchas cosas en los baúles, en las cajas, en los cofres, que no hemos revisado nada de nuestra casa nueva ni de la antigua. Creemos que todavía no conocemos nuestra ropa, ni nuestra cara, ni nuestro nombre… y menos que menos a nuestros vecinos.
   Vamos a crear cosas hermosas. Busquemos la felicidad en todo lo que hagamos. Seamos herederos de los dioses que nos han legado el mundo y nos han abandonado para morirse en sus cuevas. Amemos…
   ¿Vamos a regalarnos las cosas que hallemos? ¿Vamos encontrar todas las cosas lindas? ¿Vamos a ponerles nombres a todo y a cambiarlos cuando se nos dé la gana?

El ángel...

A menos de cien metros está pasando un ángel,

a nadie va mirando y nadie en él repara;

de no atravesar los objetos debido a su estado divino

con todo elemento tropezaría pues nada esquiva en su senda.

Al pasar cercano a mi presencia, noto en sus ojos,

no la sagrada paz del alma santa sino la furia irreversible

que en el aire de los infiernos se respira; con los puños

rígidos y el mentón altivo, este ángel extraño, camina.

El sol ensombrecido como el amarillo viejo de una página

entre nubes se repara de no mirar al Caído que sin

arpa y a toda prisa atravesando gentes avanza.

De pronto con violencia toma la cabellera de una transeúnte;

al darla vuelta la mujer aterrada llora y suplica

pero el ángel degollándola le dice “¡vendrás conmigo al Infierno!”.

V - Escrito por R. M. Dhorke

V - Escrito por R. M. Dhorke

   Esto es una confesión: he cometido algunas certezas. Varios anatemas aspirantes de verdades insólitas e inéditas han poblado estas pobres páginas. Hemos de confesar nuestra culpabilidad, pero se aceptan perdones. Pomposamente hemos anunciado que nada de lo humano sirve para detener el horror de ser humano, pero lo que hemos querido decir es que ni siquiera decir eso sirve para nada. No quise exagerar el dolor, no somos cantores de la muerte, ni nos ejercitamos en la Metafísica. Siguiendo  modas modernas, me he enrolado en una doctrina herética, la de los fanáticos de la duda. Creo que algunos la siguen con risitas turbias para cumplir sus deseos de escupir hacia las hostias, otros para suplir con tranquilidad su profunda culpa, y otros por el iluminado camino de la recta verdad que creen que aporta; hay muchísimos, tantos que son indistinguibles. Yo, con horror he ido sintiendo una soledad en las calles de tierra de mi pueblo; una soledad en medio de una multitud de semejantes, o que yo consideraba mis semejantes. Desde allí dudé, y el desamparo y el dolor me habitaron. Mi falta fue atribuirle a todos mi propia desazón. Hoy creo que el presente y el dolor son únicos e irrepetibles, individuales, y que la muerte es el ave negra que nos ronda (a todos) en nuestras noches cubriéndolas, y que nunca la llegamos a ver. La realidad o la verdad son órdenes tranquilizadores como copas de agua en la sed, pero son sólo versiones o sorbitos de un agua desconocida. Creo que no hay realidad última más palpable, que la carne que pueden arrancar nuestras uñas y que al fin es la nuestra. Mi fe está en las palabras, porque allí se anidan las semejanzas que son difusos dibujos de cosas que no todos podemos ver, y que algunos ven diferente. Por las palabras  podemos trasmitir enfermedades como el dolor o la desesperación, pero también llorar. Por ellas te puedo escuchar aunque no te entienda totalmente. Pero sólo es una fe, mi fe, que no calmará las lágrimas de tu dolor, ni mi desesperación por verte llorar. Se siente el horror y el dolor, pero es particular y único cada vez. El sufrimiento es una mera circunstancia, hay otros cuya peor desdicha no se nos publica o no se nos informa, y sólo queda de ellos un lamento lejano y difuso en una pieza a oscuras. A todos puede parecernos que el presente tiene un peso específico más fuerte, que las demás formas del tiempo. El futuro no existe porque es lo que todavía no ha sucedido. El pasado es lo que ya sucedió, por lo que no existe. El presente no es divisible porque tendría una parte de futuro y una de pasado, ni es indivisible porque no se ligaría al futuro o al pasado. Por lo que el presente no existiría. Aunque sólo en el presente siento este malestar que me carcome sólo a mí. ¿Es que nunca podremos entender el dolor de nuestros hermanos?. Somos arrojados como cascotes al mundo, somos individuos, meros invitados a comer bazofia, especies únicas e irrepetibles. Quizás haya que pensar que no hay verdades, y que sólo hay conjeturas, órdenes que intentan abarcar multiplicidades caóticas que dejan afuera varias comparsas de desdichados. Quizás sólo haya este presente que se va continuamente. Quizás sólo estoy yo en este presente, y ni siquiera sé mi nombre verdadero o venidero.

Tema para una pesadilla

Tema para una pesadilla

   ...Su mujer ya duerme. Él decide dejar de escribir y vencerse ante el sueño invasor. Debe ir a su lejana habitación, mientras la gran casa solitaria parece contener la respiración. Va imaginando a su mujer soñándolo en su lejana habitación. Desde la gran sala, hasta llegar a su lecho debe ir apagando las luces en la noche. Al apagar la primera, en la casa inmensa se oye un ruido pequeño al que no le da importancia. Pasa por una de las salas pequeñas, tantea las llaves de la puerta de atrás, apaga la luz y se oye un murmullo escondido, acechante. Sigue hacia el amplio comedor, en la oscuridad cuando está en el pasillo, se oye una risita o algo que se cae. Nervioso, baja apurado las escaleras. Él no ve nada, pero atrás se oye una risita de niño que lo persigue. Baja la escalera circular, detrás de él, persiguiéndolo viene la risita correteando, pisando los pasos asustado del adulto. Este horrible niño de aire que no se detiene en ningún espejo lo sigue con alegres pasitos sin cara, invisibles. Él se apresura cuando la risa casi lo está por alcanzar; pero nunca lo alcanza, siempre está viniendo tras las curvas de la escalinata en penumbras. Pasa por otros ambientes, apaga las luces con la punta de los dedos. Camina volando con sus pies pero no avanza demasiado, la risita flotante está atrás de su nuca constantemente. Él íntimamente sabe que en el lecho se podrá salvar, pero inevitable tras de sí, sigue escuchando ese quejido enfermizo y negro, esa risita agitada por los gritos convulsos de ese niño de fuego invisible y frío. Él se apresura...

Nº6 William Shakespeare (Stratford--Avon 1564 - Stratford--Avon 1616)

Nº6   William Shakespeare (Stratford--Avon 1564 - Stratford--Avon 1616)

...la vida es sólo una sombra caminante...es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada...

La disconformidad...

La gran ciudad mirada desde la altura

es diferente, en la perspectiva se aglomeran

los colores: los verdes, los violetas

y las calles se ordenan con sabiduría muda.

La ciudad desde aquí es, cual aprendiz de cura,

simétrica y ordenada, extraordinariamente bella

sus luces en la noche son ojos de princesa

y lugares místicos las plazas oscuras.

Los poetas enamorados suspiran a la estrella,

como si en el cenit hallaran a su amada desnuda

incapaces de adorar el mármol que copia su figura.

Ah, no busques más, ama tu morada en la tierra:

siendo Hombre deseaba el cielo, añoro siendo Ángel mi ciudad,

¡es humana y divina, eterna, la Disconformidad!.

IV - Escrito por el Dr. Pangruel

IV - Escrito por el Dr. Pangruel

   El guerrero sabe que va a morir, pero igual afila su espada para entrar en lo más tremendo del combate, todo el tiempo sabe que va a morir, y cada chispa que le quema los ojos es el brillo de la sonrisa podrida de Mandinga, y cada caído lo prefigura, y él lo sabe. Esa sangre que mancha sus sucios estandartes es su sangre, pero no teme, porque sabe que va a morir, inevitablemente, y aún cuando pueda salir del lodazal donde sus pies se entierran y seguir luchando con victoria lo hará, pero sobre otros que han muerto como lo hará él en un momento u otro, cuando el filo de una espada cercene su cabeza, o un poco más tarde cuando sea viejo. El paciente guerrero sabe que va a morir, como el sabio paciente, ambos afilan espadas y pensamientos, ambos mueren por esas herramientas sabiendo que van a morir. El guerrero no lucha y ni mata por su espada o por su reino, menos por su amada, sino porque sabe que va a morir, y quiere gloria, quizás porque desea ser valiente, o lo tranquiliza el desprecio de su propia carne. El sabio no piensa por el progreso de las ciencias, ni por el ejercicio mismo, sino por que sabe que va a morir, y el melifluo sabor del entendimiento es el único bálsamo para su pobre alma de ser humano. Ambos son pacientes, y ambos gozan de su condición, y ambos saben que se van a morir, como todos los amos y los desdichados obreros y los esclavos pobres desencantados del mundo que quizás no saben que van a morir. Obreros y esclavos, a ellos les debemos el mundo como un paraíso, pero apenas saben que se van a morir. Ellos sólo hacen, viven para hacer, para concretar las órdenes de nuestros amos, para acarrearles aquellos objetos con los que se masturban hasta el asco. Y los amos nos dan cosas, insólitas migajas de su propia crueldad que se refugia en  esas limosnas, cosas de sus catedrales fatales, gimnasios para sus rodillas infames. Nos dan noticias, y mujeres bellas, y largas enunciaciones, peroratas discapacitadas de pensamiento. Los amos van a morir un día, pero sufren cada vez que lo recuerdan, pues tienen esperanzas de vida divina que nadie puede asegurarles. Quizás nunca los obreros podamos derrocar a los amos, quizás ese orden infame sea lo único no perecedero de la condición humana, sólo nos queda hacerlos sufrir con el recuerdo de que todos nos vamos a morir. ¡Pobres nuestros asquerosos amos! No saben que van a morir. Sí, como todos nosotros, pues todos llegaremos a un día que será el día de nuestra muerte, ese día moriremos. En un momento estaremos agitados, vivos, agonizantes, mirando el techo de nuestras vidas, para luego arquear nuestros lomos de dolor hasta que al fin todo se detenga. Y en ese preciso momento comenzará nuestra pudrición, primero lenta y olorosa, lenta, y luego la corrupción más feroz invadirá nuestros cuerpos yacientes y con su ejercito de gusanos nos masticará hasta el polvo final... guerreros, amos, sabios, obreros son símbolos inútiles, fallecederos ante la idea de la muerte...   Y aquella es la única verdad que nos podemos demostrar, pues sabemos que todos moriremos para luego al fin podrirnos como comida al sol, lo que se puede decir del resto, vida anterior o posterior a la muerte, son bellísimas creaciones en las que creemos de manera muy ferviente y con mucho placer, la religión y la literatura son quizás los momentos más sublimes donde se tocan las cuerdas más leves y profundas del alma, cuando se oye en los cielos la mejor música que el hombre puede hacer con las palabras de su muerte; y desde esos momentos creemos con la paciencia de esperar nuestra muerte y la posterior disolución...