Nº 5 Franz Kafka (Praga 1883- Klosternburg-Kierling 1924)
... una victoria moral pagada por las innumerables derrotas, por los terrores abominables y las satisfacciones igualmente abominables...
... una victoria moral pagada por las innumerables derrotas, por los terrores abominables y las satisfacciones igualmente abominables...
A ti, oh Ángel vicioso, conduzco mis afanes
pues sólo tú conoces, como el calor a la llama,
que Espíritu y Paraíso entre otras estafasson predicados inciertos e imperdonables.
Regidos por un destino ingobernable
que corrompe al niño y a la santa,
siendo Opio y Vino la Esperanza
del filántropo y el miserable.Aquél a quien se le clama está lejano,
e indiferente, como una ramera que produce placer,y se mofa de oír plegarias respondiendo “Tal vez”.
Oh Tú, Ángel del vicio, yo soy tu esclavo,
tu hermano, tu amigo ¡Ea, vamos a beber!Escupe vino en las copas y trae una mujer.
Su madre fue una mala mujer y su padre un pescador enfermizo y triste. No pudo conocerlos porque cuando era niño, lo regalaron a un tío de su madre. Sus padres eran demasiado miserables como para alimentarlo o cuidarlo. Con ese pariente vivió bastante bien, hasta que el pobre hombre murió de unas fiebres que asolaron la región. Solo y con hambre comenzó a robar. Era un niño aún, y ya robaba panes de las ventanas o gallinas sueltas que nadie reclamaba, y también monedas a los mendigos. Cuando creció, sólo robó una vez más. La madurez le llegó meditando su último robo. Esperó pacientemente a orillas de un camino, al recaudador de impuestos de un pueblo próximo, hasta que este pasó por allí. La bolsa venía casi llena, el camino iba vacío. Lo enfrentó y le quitó el dinero. En una distracción, el recaudador se arrojó sobre el ladrón que cayó. Éste se retorció y pudo zafarse, con lo que alcanzó una piedra para hacerle estallar la cabeza al recaudador. La sangre que le ensuciaba las manos lo asustó, sólo hasta que en un río cercano pudo limpiarse la sangre y el cadáver. Caminó con la dulce carga hasta el pueblo, al llegar inevitablemente se embriagó, discutió y peleó con alguien. Maltrecho, y tambaleante, regresó para recuperarse al rincón (tras unas ruinas, un trecho largo lo separaba del templo) donde guardaba sus cosas y sus hechos. Al día siguiente, lo despertó confuso una muchedumbre, que se mezclaba con la que buscaba el dinero robado. Estos acertaron cuando sospecharon de él porque era extranjero. Lo ataron. Se dejó llevar, aún dolorido y borracho. El juicio que lo condenó al principio fue lento, luego se aceleró, pues las autoridades habían decidido juntar su ejecución, con otras que se estaban decidiendo en esos momentos. No se supo defender, nunca se había sentido culpable. Tampoco le temía a la muerte, ni al dios que le temía el pueblo. Una vez cuando era niño vio a su tío, viejo y casi muerto, mirar el cielo con sus brazos abiertos. Le dio risa esa imagen patética: un hombre enfermo pidiendo clemencia, temeroso de algo que no se ve, que sólo se imagina. En las fiestas bajaban con su tío a la ciudad sagrada para ir al templo. En aquellos lugares oscuros, el niño pensaba en las pájaros, y en piedras para arrojarle a esos pájaros. Para él, la voz de los doctores de la ley era como un ruido de cadenas y sogas. Luego quedó solo con la muerte de su tío, nunca más pensó en nada (hasta la previsión de su último robo). Fue un niño pordiosero que llegó a comer raíces, sin guardar las épocas de ayuno sagrado. Nunca supo de los ritos que prescribe la ley, no se nutrió de su sabiduría. Sí, tuvo que aprender a dormir sin fuego en los rincones. Una noche, los arañazos y escupitajos de un leproso lo alejaron de unos panes que estaban caídos en el piso del templo. Evitaba la ciudad y vagaba sucio por sus límites. Por allí escuchó el murmullo de unos humildes hombres rotosos, cuando uno comenzó a gritar, los otros lo terminaron echando a patadas, éste gritaba que un dios vendría con un hacha de luz y cortaría los árboles sin fruto, para que ardan en un fuego interminable. El juicio por robar la bolsa con los impuestos parecía suceder lejos de donde estaba él. En la resaca ardiente que sufría, le pareció que el juicio había sucedido antes. Lo azotaron, los centuriones le dieron puñetazos y lo escupieron hasta el cansancio. Le estallaban los oídos, de su piel manaba gruesa sangre sobre la ardiente arena del mediodía. Caminó por amplios corredores oscuros, tambaleándose en su mugre. Lo tiraron ante un hombre cuyo rostro parecía cambiar. Su túnica, que era blanca, se derramaba sobre unas escaleras. Habló, pero el ladrón no lo entendía hasta que escuchó “cruz”, y comprendió que iba a morir. Los soldados lo empujaron, ya desatado, hasta donde estaba un muchacho deforme, que alcanzaba los gruesos leños a los condenados. Caminó por las calles, balanceándose con sus brazos atados al madero inmenso. Los que iban a morir se golpeaban, y caían pelándose las rodillas, muchos iban desnudos y llorando. A la vera alguna gente murmuraba, otros gritaban arrojándose sobre alguno bañándolo en lágrimas; otros los insultaban por lo bajo, y si los centuriones no los observaban, pateaban a los que caían. Salieron de la ciudad. El calor abrasador del altísimo sol abrumaba. Bajaron una pequeña hondonada, y luego subieron hacia el lugar llamado de la Calavera (o Gólgota). El ladrón vio las columnas de las cruces, aquellos palos verdugos, esbeltos como sirvientes de la muerte. Llegó y lo tiraron. Lo desgarraron al clavarlo, luego lo elevaron. La quemazón de la asfixia comenzó a subir y a bajar por su pecho, desgarrándolo. Debajo, muchos reían. Él no podía verlos, cerraba los ojos frunciendo su cara. A su lado uno insultaba dolorido a otro, el infeliz del que todos se reía abajo. El ladrón no oía, no entendía aquellas palabras. El horizonte le dolía al mirarlo, parecía deshacerse, mientras sacudía su cabeza. Miró al hombre insultado para olvidar el agudo dolor que lo mataba, aquél hermoso rostro resoplaba con el cansancio de un noble caballo. Entendió lo que decían riendo abajo: “Si eres el Hijo de Dios... Sálvate”, el de al lado repetía la injuria con una risa burlona. El ladrón, con la mirada empañada, miró al hombre silencioso, y casi exánime le dijo al hereje: “¿No temes ha Dios estando condenado como él, sufriendo lo mismo que él? Con nosotros se hizo justicia, pero éste no hizo ningún mal”. El otro hizo una mueca de fastidio antes de morirse. La gente había callado. El ladrón miró los llorosos ojos de aquél hombre atormentado. Quizás no creía en lo que decía, pero había hablado, porque le pareció cobarde aprovecharse del oprobio de un inocente. Cuando se miraron ninguno de los dos sentía el dolor que se alejaba. El ladrón le murmuró: “Acuérdate esta tarde cuando llegues a tu reino, quizás yo pase por allí”. Un viento de muerte comenzó a soplar. Ya estaban muriéndose. El otro le dijo dulcemente: “Ve mi noble amigo, las puertas de mi casa siempre estarán abiertas por ti. Te estaré esperando”. Todo se borraba mansamente ante la vista del buen ladrón. El rostro de Jesús fue lo último que vio.
Sí, el amor es un cortometraje,
en el cual los actores no llegan del todo a conocerse
y el libreto es vil parte de ese arte
donde el odio no odia y el amor nos miente.
Y el final lo intuimos mucho antes
aún cuando las encuestas nos da a favor el rating,
pues en las novelas de amor ya se sabe
que el malo va a la cárcel y se casan los pretendientes.
Sólo que así no sucede a veces,
como me ocurrió a mí en un hermoso cortometraje
que al final me quedé solo y ella quedó con nadie.
Disculpen la amargura, aunque fue ficción me duele,
ni el Guionista ni el Director advirtieron que no se debe
conservar en el corazón un amor de cortometraje.
...que la fe expulse a los hechos; que la fantasía expulse a la memoria: yo miro a lo hondo y creo...
El asesino más eficaz del mundo tiene un método que quizás sea magia oral, o un defecto natural, o puro y pedestre azar. Su método consiste en pronunciar el nombre de la víctima en la oscuridad y rodeado de completa soledad. Él ignoró esta cualidad suya hasta que una noche dijo el nombre de la mujer que amaba.
..la realidad es sólo una verdad, la vida continúa...
...a mí no me importa morir, abríme la celda que me quiero ir...
El lugar era inmundo, flotaba una infección grasienta que chorreaba en las paredes, y se retorcía en las rotas vestiduras de una fila de harapientos, que se apretujaban en una repartija de comida. En sus manos apretaban sucios papeles para pagar aquella bazofia vaporosa. Había algunos que no comían, sólo porque vendían su ración al doble de su precio a los inválidos inútiles que se apilaban en la puerta. Había otros que comían un poco mordisqueando con sus dientes podridos, mientras mezquinaban aquella comida a sus hijos, sólo por guardarse el alimento en una bolsa pegajosa. La olla humeaba y hedía un vapor nauseabundo que iba hasta los pelos duros de aquellos seres abyectos. La fila avanzaba con ruido de trapos. Las caras se contraían en muecas de codicia infantil. Los que especulaban no comían, y sonreían con sus vientres contraídos. Otros empujaban ante cualquier detención, sólo para tomar un plato, y devorar su parte hasta el enchastre. Algunos acaparaban e insultaban al que los miraba torvamente. Otros sólo miraban, sin que nada les importara, estaban en el rincón más mugriento. Allí entre ellos, en el piso sucio, los escalofríos de fiebre me retorcían. Otros gritaban y escupían sus enfermedades, nadie quería escucharlos. Allí había una mezquina fealdad que torturaba el tiempo, hasta que de pronto, la puerta estalló en astillas y algo altísimo entró lentamente. El techo descascarado rozaba la capucha negra que ocultaba su rostro. Su túnica, que era la noche, ocultaba sus brazos y parte de su larga espada de fuego blanco. Se detuvo en medio de la vulgar multitud. Lo miraron nuestras miradas lagañosas con piel de aceite y mocos. Con un movimiento reverencial, el negro Ángel del Exterminio destrozó a aquellos hombres inservibles. Yo no pude salvarme, aunque supe quien era. Luego se fue.
En la vasta noche dos niñas ultrajadas
son llevadas en bote mientras lloran y se quejan;
y manoseando por última vez sus muslos y caderas
Las hunde en el lago desnudas y maniatadas.
Prendiendo su pipa, ilumina un instante su rostro,
aspira el humo que adormece un tiento sus sentidos;
y entregándose al sueño besa el crucifijo
abandonando los remos para que duerman sus ojos.
El lago estaba rodeado de una arboleda oscura,
y a la lluvia una neblina, densa y ciega, sucedió;
la noche se fue aclarando y con el alba el sol.
Al despertar era aún espesa la bruma.sobre el barro el bote, agua no había ni lago
y, caminando hacia él, los cadáveres no dejan de señalarlo.
A punto de ir a dormir su siesta, luego de una mañana atareada y de un sabroso puchero, un tranquilo y satisfecho campesino se sobresalta al escuchar unos ruidos en uno de sus corrales, detrás de la casa. Sale para vigilar, quiere ver qué esta pasando. Al llegar parece que todo está detenido, inmóvil, parece que todo flota sin ruido, y sin caer jamás. Mientras avanza, comienza a ver como los animales, sus propios animales lo miran fijamente, como paralizados. Cientos de bestiales ojos lo eligen como el centro de sus miradas fijas. Camina un poco más, y sigue viendo que aquellos ojos negros y peludos se fijan en él, y se clavan en su ser. Se detiene. El campesino está en el centro del silencio contenido de aquella respiración animal. De pronto la masa de bestias comienza a acercarse con los ojos fijos en él, su amo. Todo lo carnal se mueve sin ningún ruido, sólo se oyen algunas ramas quebrándose tras los pesados pasos, y el pasto raspándose y también el agua de algún charco invadido. Lentamente los chanchos lo alcanzan sin sus ronquidos, sin olisquear el aire caminan duros y mirándolo. El campesino se aleja despacio, una vaca y muchas más le cortan el paso; más allá unas gallinas y un caballo lo miran si moverse. Todo es silencio, piensa que hasta los pajaritos lo deben estar mirando. Los animales siguen acercándose, muchos arrastran sus patas y levantan la leve tierra, lo van rodeando. Mira a todos lados, tiene un poco de miedo. Atrás ve el alambre levantado, que da un corral con menos chanchos. El temor lo apura. Al pasar al otro lado, se engancha en las púas y cae de espaldas en el barro oloroso del chiquero. Se incorpora lentamente. Dentro del lodo se dibujan ondas, se siente que sinuosamente algo avanza. En una de sus manos enterradas siente una mordedura que le corta los dedos, justo un momento antes de que todos los animales lo despedacen vivo.
...fustigar el mundo y humillar la soberbia...
Los dados caen sobre la mesa rústica
impulsados por el ocio viril de un haragán,
golpean con el vértice blanco y muestran el número
y otro, como un trompo, da giros para aumentar la emoción.
Acaso el que girar hace los rostros del destino
arroja sobre el pavimento nuestras propias vidas,que como dados acostumbrados a endeudar al jugador,
giran hasta caer por el desaguadero de la lluvia.
La locura irreparable por el tesoro del pensamiento,
miles de toneladas de falsas monedas, dan al Genio y al Verdugo
la inapreciable capacidad para decidir entre el Bien y el Abuso.
Y nuestras míseras memorias no serán recuerdo de nadie,
somos el valioso juguete que en la infancia queda abandonado:
ni Cristo, a ciencia cierta, recuerda el número exacto de sus hermanos.
Soy Matías Rafael Esteban, nací en una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, Nueve de Julio, en su hospital público, el dieciséis de febrero de mil novecientos setenta y seis. Los primeros meses vivimos, mis padres y yo en un puesto en un campo cerca de El Tejar, a unos kilómetros de aquella ciudad, mi padre era tambero. Al año fuimos a vivir a mi pueblo, a mi patria: Doce de Octubre. Aún sueño con sus rincones, y con sus plantas. Fui feliz e infeliz irreprochablemente. Sobre esas calles arenosas me sucedió un hecho fundamental: yo tenía seis años y frente a mi casa se inauguró la biblioteca popular, cuando se reciclaron unas piezas de la vieja estación de ferrocarril. Y en ese lugar se funda mi literatura: enciclopedias baratas, los hermanos Grimm, Salgari, Ben Hur (el primer libro que finalicé, con inmensa felicidad), revistas, Dumas, bestseller coloridos, diccionarios, fábulas. Y a la par mi madre me cantaba canciones que hoy recuerdo, y mis hermanos (Romina y Branko) me acompañaban en épicas historias con una legión de muñecos rotos que teníamos, donde ellos eran otros muñecos de mi imaginación… puedo decir que allí nace mi imaginación que hoy alimento poco… Y Pocho, mi viejo querido, (el de los oficios con “ero”: tambero, obrero, herrero, camionero), me contaba sus inquietudes metafísicas: la infinitud del universo, la existencia de dios, la esencia del ser… Y mi madre, Lilian me enseñaba la piedad y la fe cristianas, (que aún no puedo aprender, pero que admiro), y la paciencia, la infinita tranquilidad que puede dar el amor… Allá, en el Doce, pasé mi infancia, y gran parte de mi adolescencia, aunque a los doce años fui pupilo en la escuela técnica de la ciudad, y durante casi cuatro años viví sólo los fines de semana en Doce de Octubre, luego nos mudamos definitivamente al Nueve. Al terminar la secundaria seguí estudiando en La Plata: tres años Psicología, y luego el Profesorado en Letras, conocimiento vecino de mi pasión: la Literatura, el arte de leer y escribir… Diego Byrne (¿de Naón o de Los Toldos?) es mi amigo y me conoce desde la secundaria, y yo lo conozco, y sus palabras me ayudan, y ruego para ayudarlo si me necesita. Siempre quiero servir a mis hermanos, (quisiera estar siempre cerca de Romina y Branko). Gustavo Peredo de Villa Elisa es mi amigo desde antes de que yo confíe en él, es puro, es noble, le agradezco que me honre con su fraternidad. Somos compadres de lucha… Me enamoré verdaderamente varias veces, y también muchas veces sufrí el odio, hoy, para siempre, amo a Paola de Comodoro, interminablemente. Fui un miserable canalla en diversas ocasiones, y sufrí a muchos canallas. Nada del otro mundo. Fui criado en el cristianismo, y no sé si creo en Dios o Jesús o el Santo Espíritu, o los dioses, simplemente porque no los sé, y no porque no haya tenido experiencias místicas o contactos con lo divino…. Mi humor es amargo, de viejo carcamán, a veces sucio, o absurdo, o inocente. Soy heredero de un sucio perro viejo de las afueras de Atenas: Diógenes, aunque sus pulgas y su roña sonriente nos hayan llegado sin su nombre. Otros amigos: Shakespeare, Patoruzú, Cervantes, Nippur, Nietzsche, Kafka, Maradona, Melville, Poe, Pessoa, Macedonio, El exorcista, Borges, Arlt, San Lorenzo, el Chavo, Heracles, Marlboro, Hulk… No puedo contra mi vida, yo soy ella. Estoy hecho de mil y un millar de momentos, hoy creo que estos pocos (que son los que entran acá) son los que me definen.
Nací en San Justo el dieciséis de enero de mil novecientos setenta y ocho. Hasta los seis años residí en Casanova; luego fui a vivir a, junto a mi hermana y mi madre, a la ciudad de La Plata. Me mudé varias veces conociendo distintos barrios de los cuales no conservé ni un amigo: creo que las personas son nocivas a las personas y aún más los amigos. Si uno debe, por necesidad o mimesis, hacerse de amigos, que estos sean escasos, uno a lo sumo, o en el mejor de los casos imaginario. Actualmente vivo en Villa Elisa en una hermosa casita que mi padre acaba de pintar: verde manzana la cocina, gris el piso y blancas el resto de las paredes. Las noches en Villa Elisa son más amplias que en La Plata, la soledad también es menos pequeña. La literatura que adoro es toda aquella que leo, aunque es cierto que Fausto me tiene el alma embelesada, pero quienes han conquistado mi corazón son Baudelaire, Leopardi, Borges, Ovidio y, en mi memoria un dante, un hugo, un tolstoi. Mis películas favoritas son El club de la pelea, Belleza Americana, Bingo Bongo, Tiburón (pero la primera, las otras no), la trilogía Matrix, Lilo y Stich, Rocky, las de Van Damme y Vanilla Sky. Si, amo Holliwood. Lo que sí detesto son las arañas y amo las tortugas, pero las de tierra. Tuve varios dolores de cabeza en el amor, pero nada que unas cuantas borracheras y unas pocas noches de insomnio no hayan sabido curar. Me enamoro de las mujeres pero aún más me enamoro de sus sombras: pues estas no gritan, no se quejan, no te perturban. Tengo tres sobrinos a los que amo, pero procuro no acercármeles demasiado para que vayan acostumbrándose a no tenerme. Mi alma quiere que solo de ella me ocupe y la muy narcisa se duerme cuando visito a alguien que aprecio. Tuve varias mascotas, las que más quise fueron: Cocó (un hermoso perrito que murió porque sí), Kevin (otro perrito), Ova (otro perrito, muerto, como el anterior) y el inigualable Rimbaud (un conejo enano de orejas caídas que murió una noche). Leandro (Facha), Hernán, Raúl , Pochi y Matías: ellos saben quienes son. La familia Álvarez: en su casa me atendieron como lo que jamás seré: una buena persona. Los ÁLVAREZ, la angelical y única Natalia, el dulce Seba, la inteligente Caro, la eterna soñadora Lore, el bebe Nico, la cariñosa Mirian y la bebita Celeste, la rebelde inocencia de Romina, la niñez tierna de Lucia y las charlas inacabables de ese hombre tan justo Juan. El vino dentro de la botella, la mesa servida para muchos, incluso para mí, los cumpleaños numerosos: esa casa, ubicada en Los Hornos, un cielo es para los condenados. No me gusta demasiado la carne, prefiero las ensaladas y las pastas. Mi comida preferida es el mondongo. Odio el hígado. Estoy terminando la carrera de Letras y estoy en el primer año de Historia. Mi sueño es ser un buen poeta y ser profesor. Seguir siendo un estúpido cuya virtud es reconocerse estúpido, lo cual me hace menos estúpido que el resto de los estúpidos (lectores, compañeros, transeúntes, vivos y muertos); seguir llenando el mundo con versos, alguno habrá que disguste y seguir renegando del trabajo: que hace de cada hombre un Sísifo. Sin más, un beso a la mujer que amo: Romina L. Que sigan bien. Y no olviden que no es necesario morirse para respirar el sabroso aire del infierno, mis buenos cristianos. Sin ningún tipo de consideración doy por concluida esta biografía.