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Los dados...

Los dados...

Los dados caen sobre la mesa rústica

impulsados por el ocio viril de un haragán,

golpean con el vértice blanco y muestran el número

y otro, como un trompo, da giros para aumentar la emoción.

Acaso el que girar hace los rostros del destino

arroja sobre el pavimento nuestras propias vidas,

que como dados acostumbrados a endeudar al jugador,

giran hasta caer por el desaguadero de la lluvia.

La  locura irreparable por el tesoro del pensamiento,

miles de toneladas de falsas monedas, dan al Genio y al Verdugo

la inapreciable capacidad para decidir entre el Bien y el Abuso.

Y nuestras míseras memorias no serán recuerdo de nadie,

somos el valioso juguete que en la infancia queda abandonado:

ni Cristo, a ciencia cierta, recuerda el número exacto de sus hermanos.

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