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POESÍA

El hijo...

Un niño deforme ve jugar a otros niños

y a ellos se acerca y pide jugar a su vez,

éstos ríen y señalan la rugosidad de su piel

y uno grita “¡es gracioso y feo cual cochino!”.

Otro tomó una piedra dándole en el rostro,

tambaleó y tropezó con un enorme perro

éste lo mordió arrancándole un dedo

y los niños rieron con un estruendo de oso.

En la arena, cerca de los juegos de la plaza,

tomando su mano el niño llora y vomita

y esta nueva comedia despertó nuevas risas.

Como un teatro, oscureció el cielo de nada;

y Lucifer gritó “Oh hijo, pequeño amor, entra a casa de prisa!”

y el cielo encendió sus luces y ya no se oyeron risas.

El día tercero...

Si la noche es oscura aquella fue más,

en la total negrura de la tierra y el cielo

a bramar comenzaron los mares y los truenos

y los lobos y los perros a ladra y aullar.

Uno que nada veía, nada veía pues era ciego,

oía, no obstante, y olía en el aire una tormenta

se apeó, cobarde y valiente, y con voz serena

murmuró “¡Hoy es el día, es hoy el día tercero!”.

El viento arrancó de la tierra las tres cruces de madera,

sombras esquivas andaban solas sin cuerpos,

“Es hoy, repetía, cuando se abra el infierno”.

El ciego temeroso oyó romperse las rocas inmensas,

“¿Eres Tú, eres Tú el Nazareno?”

de rodillas el ciego abrió los ojos y contempló el universo.

XI...

Cielo azul o negro que mis ojos miran,

en qué nube escondes al ángel que me guarda;

espíritu alto y frío, como la punta de una montaña,

eres volado celeste del vestido de una ninfa?.

Veo que cambias posturas, cual mujer que provoca,

vasto y pequeño eres, aljibe de una metrópoli,

pintura ingenua que un dios cortajeó en el atril,

dime, Ausente, es también tu tiempo corsé de horas?

¡Temo seas el vientre preñado de una Giganta!,

que luego de dar a luz su hijo sobre la tierra,

este nuevo ser miserable nos gobierne como un dios.

Cielo, mujer cuyas formas sensuales me arrebatan,

aspiro a los senos azules, desnudos, tu cadera amplia,

alta y fría, hermosa deidad, hazme el amor!

Ser (2)...

Nadie nos continúa, ni la muerte ni los hijos;

no hay unidad más cierta que mi cuerpo;

fuera de mí todo es extraño, perverso,

más no por eso niego hallar maldad dentro mío.

 

Aunque cambien el nombre de la calle donde vivo

y aunque fabrique autos en lugar de versos

nada en torno mío torna ajeno el universo

porque el mundo es descripción de lo que pienso y digo.

 

No hay linaje que me preceda y no hay crío

que continúe la labor que persevero

no es desvelo universal mi personal deseo.

 

No existen tramas invisibles, no hay hilo

que enhebre de los hombres el pensamiento

no hay unidad más cierta que mi cuerpo.

Los muertos ebrios...

“Oye Sepulturero, oye, oye mi canción:

yo tengo un ojo tuerto y una pierna coja

por eso tenme respeto y pon vino en la copa

que se acaba la copla y se seca mi voz”

 

El otro joven, más ebrio aún, canta:

“A mi niña yo la beso, a su madre beso no,

el padre no tiene seso y el hermano se murió”.

El Sepulturero con ira los corre y amenaza:

 

“Están malditos esta noche, vuelvan a dormir,

¡ya lo ve el diablo! Cuando el Hombre muere ebrio

no acepta su condición y quiere volver al juego”.

 

“Esta noche hemos muerto y no vamos a dormir,

mañana nuestras sombras a las fosas volverán,

oh Sepulturero... sirve una copa más”.

“Duerme”...

Y al mirar su apariencia comenzó a creerle

Lo que en libros majestuosos con avidez leyó

Ahora ante sus ojos estaba imponente

Y hasta el Tiempo las agujas de su sangre aceleró.

“A la juventud volverás o si prefieres

a la infancia que has guardado siempre en tu corazón

el oro lloverá como el agua que se vierte

y cada espina que te ha herido se volverá amor”.

El pobre viejo hacia un espejo levantó la frente:

 “¡Ay, vanidad, juventud es dulce vino que se me acabó

Y con sólo firmar al Caído la copa se me llenó!”.

El Ángel de las tinieblas al viejo le dijo “duerme”.

Al amanecer miró sus manos y el rostro al espejo volvió

Todo en él era belleza y juventud, acaso todo lo soñó.

Los honores de un ratón...

Mis honores –decía un ratón- son deliciosos,

Mi pequeño cuerpo causa espanto entre las damas

Y al igual que un diablo burlón me entretengo

Causando alboroto en reuniones y funerales.

 

Un abrigo a la medida de mis velludos hombros

Cae por mi espalda hasta besarse con mis pies

Y en los ojos me bailan burbujas nerviosas

Que de una oscura bodega el vino supuraba.

 

Ah, la amada entre sábanas suaves sufre y goza,

Un joven hermoso en élla descarga sus honores y angustias

Y la aprieta contra su cuerpo como queriéndola asfixiar.

 

Y bajo las sábanas me escabullo para morder con furia

Las bellas nalgas del joven que salta del lecho

Y contempla horrorizado como me hundo en la amada que goza.

Ser (1)...

En la Naturaleza todo elemento es sagrado,

concibamos o no la figura de un dios;

más esa divinidad del tiempo y espacio

esa gracia con que se arrastra el caracol

 

y la víbora son vanos movimientos efímeros

que avanzan sólo en segmentos aislados;

vanos y caducos somos, ágiles, volados

meras ondas que la piedra provoca en el río.

 

Por donde anduve habrá mañana otros pasos,

al morir un astro celeste no muta el universo

ni lloraron los cristos cuando murió mi hermano.

 

La brizna, el hombre, la oscuridad son sagrados

pero nada es irremplazable sea bueno o perverso

incluso este verso será mañana olvidado.

La muñeca...

Aburrido, el niño deja su juego
abandonando en el jardín sus soldados de plástico,
entra en la casa y se dirige a su cuarto
en donde esconde una muñeca vestida de negro,

sus labios de ocho años apoya en los de ella
y comienza a subirle el vestido para contemplar su cuerpo;
es inconsciente su excitación al plástico de los senos
cuando le acaricia despacio las caderas y las piernas

y se agita su pulso turbándose los ojos,
desnuda la apoya en su cara, la respira, la olfatea,
luego la deja en la almohada y la recorre con la lengua.

Dentro de su boca chupa y mastica los cabellos rojos
y de este modo dormido abrazándola se queda.
Su madre lo mira con ternura, lo besa y cierra la puerta.

La tormenta...

 Mientras cae la lluvia y duelen los relámpagos;
los truenos, fugaces y duros, asoman en el cielo
como antiguos guerreros surgiendo de la tierra
para cazar al enemigo temeroso  y estúpido.

Un niño inválido en su lecho gira la cabeza
para uno y otro costado haciendo sonar la campanilla
que entre sus dientes agita para que una criada
al oírla acuda a su cuarto.


Es que el viento sacude las ventanas abiertas,
y el frío del aire lo llena de angustia
y le despeina el cabello y le seca los labios.

Abandonado en la alfombra un oso de felpa lo mira
y el niño a su vez lo mira con miedo,
y sacude desesperado la campanilla entre sus dientes.

 

Noche romántica...

He desenterrado su cuerpo

en la noche que clareaba allá arriba, lejana,

el candil apoyado en la tierra

aumentaba y disminuía con su luz mi sombra.

 

 

Llegado al palacio donde mi reina dormía

aparté con un pañuelo los habitantes de la

tierra húmeda y forjé los labios de la madera

que al abrirse descubrió la putrefacción de la amada.

 

 

¡Y cómo besé el hueco oloroso donde brillaron sus ojos!

el aposento mortuorio nos sirvió de lecho amoroso

y mi boca destrozó profundo los senos empolvados!

 

Saciado nuevamente en mi reina,

cubrí su cuerpo con las blancas túnicas que la velaban

emparejé la tierra y volví al hogar solitario.

Las últimas campanas...

Las campanadas hacen sonar el aire

graves ondas que viajan, palomas transparentes,

la catedral con sus torres imponentes

espanta a los niños y no menos a los padres.

Las campanadas, campanadas, campanadas,

enloquecen del tiempo sus agujas viajeras,

ya no vuelve jamás a mirar lo que deja

camina con pisadas lentas, muy lentas, pero avanza.

¡Hay apuro en los sepulcros por enterrar campanas!

¡Ay, Tiempo, tomarán con vidrios rotos tu garganta

y sonará tu campanada con sangre a carcajadas!

Palada tras palada, tras palada, tras palada,

tierra sobre tu cuerpo, tierra cae sobre tu cara,

deja que toque en tu entierro las últimas campanas.

El ángel...

A menos de cien metros está pasando un ángel,

a nadie va mirando y nadie en él repara;

de no atravesar los objetos debido a su estado divino

con todo elemento tropezaría pues nada esquiva en su senda.

Al pasar cercano a mi presencia, noto en sus ojos,

no la sagrada paz del alma santa sino la furia irreversible

que en el aire de los infiernos se respira; con los puños

rígidos y el mentón altivo, este ángel extraño, camina.

El sol ensombrecido como el amarillo viejo de una página

entre nubes se repara de no mirar al Caído que sin

arpa y a toda prisa atravesando gentes avanza.

De pronto con violencia toma la cabellera de una transeúnte;

al darla vuelta la mujer aterrada llora y suplica

pero el ángel degollándola le dice “¡vendrás conmigo al Infierno!”.

La disconformidad...

La gran ciudad mirada desde la altura

es diferente, en la perspectiva se aglomeran

los colores: los verdes, los violetas

y las calles se ordenan con sabiduría muda.

La ciudad desde aquí es, cual aprendiz de cura,

simétrica y ordenada, extraordinariamente bella

sus luces en la noche son ojos de princesa

y lugares místicos las plazas oscuras.

Los poetas enamorados suspiran a la estrella,

como si en el cenit hallaran a su amada desnuda

incapaces de adorar el mármol que copia su figura.

Ah, no busques más, ama tu morada en la tierra:

siendo Hombre deseaba el cielo, añoro siendo Ángel mi ciudad,

¡es humana y divina, eterna, la Disconformidad!.

El esclavo...

A ti, oh Ángel vicioso, conduzco mis afanes

pues sólo tú conoces, como el calor a la llama,

que Espíritu y Paraíso entre otras estafas

son predicados inciertos e imperdonables.

Regidos por un destino ingobernable

que corrompe al niño y a la santa,

siendo Opio y Vino la Esperanza

del filántropo y el miserable.

Aquél a quien se le clama está lejano,

e indiferente, como una ramera que produce placer,

y se mofa de oír plegarias respondiendo “Tal vez”.

Oh Tú, Ángel del vicio, yo soy tu esclavo,

tu hermano, tu amigo ¡Ea, vamos a beber!

Escupe vino en las copas y trae una mujer.

Amor de cortometraje...

Sí, el amor es un cortometraje,
en el cual los actores no llegan del todo a conocerse
y el libreto es vil parte de ese arte
donde el odio no odia y el amor nos miente.

Y el final lo intuimos mucho antes
aún cuando las encuestas nos da a favor el rating,
pues en las novelas de amor ya se sabe
que el malo va a la cárcel y se casan los pretendientes.

Sólo que así no sucede a veces,
como me  ocurrió a mí en un hermoso cortometraje
que al final me quedé solo y ella quedó con nadie.

Disculpen la amargura, aunque fue ficción me duele,
ni el Guionista ni el Director advirtieron que no se debe
conservar en el corazón un amor de cortometraje.

Castigo...

En la vasta noche dos niñas ultrajadas

son llevadas en bote mientras lloran y se quejan;

y manoseando por última vez sus muslos y caderas

Las hunde en el lago desnudas y maniatadas.

Prendiendo su pipa, ilumina un instante su rostro,

aspira el humo que adormece un tiento sus sentidos;

y entregándose al sueño besa el crucifijo

abandonando los remos para que duerman sus ojos.

El lago estaba rodeado de una arboleda oscura,

y a la lluvia una neblina, densa y ciega, sucedió;

la noche se fue aclarando y con el alba el sol.

Al despertar era aún espesa la bruma.

sobre el barro el bote, agua no había ni lago

y, caminando hacia él, los cadáveres no dejan de señalarlo.

Los dados...

Los dados...

Los dados caen sobre la mesa rústica

impulsados por el ocio viril de un haragán,

golpean con el vértice blanco y muestran el número

y otro, como un trompo, da giros para aumentar la emoción.

Acaso el que girar hace los rostros del destino

arroja sobre el pavimento nuestras propias vidas,

que como dados acostumbrados a endeudar al jugador,

giran hasta caer por el desaguadero de la lluvia.

La  locura irreparable por el tesoro del pensamiento,

miles de toneladas de falsas monedas, dan al Genio y al Verdugo

la inapreciable capacidad para decidir entre el Bien y el Abuso.

Y nuestras míseras memorias no serán recuerdo de nadie,

somos el valioso juguete que en la infancia queda abandonado:

ni Cristo, a ciencia cierta, recuerda el número exacto de sus hermanos.